El sastre

Hoy me compré dos trajes, cuatro camisas, dos corbatas, un par de zapatos y un cinturón. Fui a una tienda de esas que tienen sastre, que te suben en una tarima enfrente de tres espejos y te masajean por todos lados. Siempre me han gustado los trabajos artesanales, y también los trabajos que involucran manualidades. Ver pintar, esculpir o tocar un instrumento son de cajón. Pero también ver al alfarero, al mecánico o al carpintero. Al peluquero, cocinero o hasta al herrero. Creo que comparto esa sensación con muchos de vosotros, y los de ahí afuera, por eso del éxito de tantos canales de televisión donde muestran a estos currantes en acción. De pequeño me pasaba horas viendo a los únicos tres albañiles que había en Calas de Mallorca hacer los caminos de piedra mallorquina y cemento. Me encantaba el olor al serrín de la carpintería de mi calle en Palma, y mucho más su textura rizada, cubriendo el todo el suelo como si fuera una larga melena rubia llena de tirabuzones. Son incalculables las horas que he visto a mi padre, en mis 33 años, laburar en todo tipo de proyectos. Fontanería, electricidad, carpintería, albañilería y hasta cristalería. Siempre lo he disfrutado. Hoy descubrí una profesión más para mi baúl de trabajos admirables. El sastre.

Su mérito tienen también los chicos de sexualidad dudosa que te miden el traje, te “matchean” el color de la camisa, la corbata y los zapatos. Reconozco que soy un desastre para esas cosas. Solo sé que una camisa de rayas no pega con una corbata similar. O que una corbata roja o amarilla va bien con una camisa blanca, pero poco más. El sujeto te mide el pecho, la espalda, los brazos y el cuello desde una incómoda cercanía, respirándote tan cerca que consigues olerle el desayuno de hace tres días. Te coloca la chaqueta y te mira hacia abajo, con la cabeza levantada y los ojos cayendo de arriba abajo, relamiéndose entre un “you look very nice”. Y en realidad tiene razón, no por la percha sino por los $400 pavos del traje. Lo cierto es que toda mona vestida de traje, mira que luce bien la cabrona. El caso es que tiene su mérito saber si un traje le queda bien a un hombre o no, y combinar corbatas con camisas y camisas con trajes y trajes con corbatas será algo que nunca me preocupe en aprender, porque lo considero muy complicado. Pero una vez subido en el pedestal para ser arreglado por un sastre, ahí sí que me quito el sombrero (que fue lo único que me faltó comprar).

Te mide el pantalón de ancho y de largo, y con una tiza va haciendo unas marcas que parecen las que había en los campos de trigo de la película Signs. Te arregla la camisa. Te acomoda la chaqueta. Todo, con arte y sabiduría.

No tiene nada que ver pero me acordé que el mejor peluquero para el hombre es el barbero, y el mejor modisto, el sastre.

Deja un comentario

Archivado bajo Relato

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s