Archivo diario: Jueves, 13 mayo, 2010

El aeropuerto y su llanto

La gente ya no llora en los aeropuertos. Será porque viajamos más a menudo, o estamos acostumbrados a constantes separaciones de los que amamos, o quizá simplemente porque en estos tiempos, todos o casi todos, nos queremos menos.

Hoy vi un chico llorar sin consuelo mientras despedía a su pareja y me hizo recordar mis llantos de aeropuerto. Por cierto, la novia o esposa del muchacho no lloró a pesar de que lo intentó. Le noté una cara de drama ficticio, frotándose sus achinados ojos completamente secos y deseando cruzar al otro lado del puesto de seguridad, quizá avergonzada por el papelón que estaba marcándose su pobre asiático enamorado. Entre algunos ahhh, ohhh y so cute de los presentes, lo cierto es que el zagal me dio pena.

Me recordó los llantos de mi infancia cuando despedíamos a mis tíos y abuelos al finalizar las navidades. Sobre todo me vino a la mente mi tío Capote, todo un macho que todavía se rompe en llanto cada vez que dejamos Murcia. O mi abuela Rosalía, a quién curiosamente se le marca una sonrisa en la cara cuando llora. La recuerdo agarrando las gafas con una mano, marcadas por algunas gotas, los ojos llenos de lágrimas y una carcajada silenciosa en el rostro más contagiosa que el dale a tu cuerpo alegría Macarena. Vaya que si extraño a mi abuela, carajo. Ahhh!

Bien, de regreso a las lágrimas y los aviones. El 16 de septiembre de 1995 dejé mis amigos, mi familia, mi novia, mi casa, mi calle, un coche de mierda que adoraba (Peugeot 205 del 84), mis isla y mi país, con un llanto que todavía me ataca a traición cuando menos lo espero (como ayer escuchando La vuelta al mundo en 80 días de Willy Fog con mis enanos. Ven síiilbame, y síiilbame, si te encuentras en peligroo, síiilbame, ven síiilbame y ya voy). No puedo recordar la cara de mis amigas, Irene y Paula, pero sí recuerdo la de mi amigo Juanmi, llorando como una flor, y la de mi tío, que no tiene nada de flor pero que lloraba de igual manera. Separarme de mi tío Sebastián ha sido sin duda lo más duro de mi huída de España, y seguro que para él también, aunque diga que el Enano es ahora su sobrino favorito. El 13 de diciembre de ese mismo año regresábamos a Mallorca para pasar las navidades en familia. Sobrevolando la bahía de Palma, mi hermano y yo llorábamos entre los versos de Mar Antiguo de Manolo García, emocionados con el verde azulado del Mediterráneo. Madre Salvaje, de abrigo incierto que acuna el olivar. La despedida en enero fue como reabrir la herida con unos alicates oxidados. Fui llorando cada vez menos, no por pérdida de cariño a mi familia pero quizá por adaptación al dolor. La Navidad del 98 lloré otra vez cuando me despedí de Lari. Regresábamos a Palma y esa era la primera vez que nos separábamos en nuestra corta relación. Desde que nos conocimos el 19 de agosto nos vimos todos los días hasta aquel día de diciembre que regresé a España. No recuerdo si ella lloró, creo que no. Quizá la avergoncé como el chino de hoy a su chinita.

Hoy extraño a Lari y mis dos hijos a pesar de que son solo dos días de viaje. No como para llorar, aunque quizá sí deba hacerlo para de alguna manera acercarme de vuelta a los días donde el separarse dolía, donde el llanto reconfortaba ante la ausencia de los más queridos. Cuando el separarse importaba tanto que soñábamos con el reencuentro, ensayándolo una y otra vez en nuestras mentes para luego ejecutarlo de forma distinta. Ahh el reencuentro, ese mágico momento de éxtasis que justifica todo el dolor sufrido.

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