Archivo diario: Lunes, 10 mayo, 2010

Las piscinas de Calas de Mallorca

De Calas de Mallorca recuerdo muchas cosas. Las piscinas por ejemplo, nunca las podré olvidar. En los veranos de Calas hacíamos varias actividades, playa, fútbol, salir de marcha y todos los días, piscina. La primera en mi vida fue la de Cala Antenta. Una piscina peculiar porque en la mañana la grande estaba helada y la pequeña ardiendo, pero en la tarde la piscina grande estaba templada y la pequeña congelada. En la parte baja de la pequeña el agua me llegaba a las canillas cuando yo tenía diez años, allí yo fingía que nadaba cuando en realidad estaba apoyando las manos en el fondo. Creo que mi madre nunca supo la verdad (espero que no lea esto). El complejo era relativamente grande, con un restaurante, columpios para los más pequeños, dos pistas de tenis y a las piscinas las rodeaba una agradable yerba cubierta por pinos. Más tarde me envalentoné para bañarme en la grande, siempre agarrado de la escalera de tres peldaños de metal. Nos daba clase una alemana, creo, a mi hermana y a mí. Yo no aprendí a nadar aquel verano, mi hermana sí. Era un cagón. Bueno, lo sigo siendo, la diferencia es que ahora sí sé nadar.

Creo que aprendí a los doce años, en la piscina que marcaría una época en mí y en todos mis colegas, la piscina del Complex. Era la piscina de un complejo de apartamentos que pertenecía a un hotel y era la única donde los locales nos podíamos bañar, ya que las piscinas de los hoteles estaban reservadas para los turistas. En realidad, como nos conocía todo el mundo y nuestros padres también nunca nos echaban de los hoteles pero ya habíamos adoptado la del Complex como la nuestra y ahí nos quedamos. Teníamos un grupo inmenso. Carlos, Laura, Alvaro, David, mis hermanos, Sergio, Sara, y muchos más que ya no recuerdo sus nombres ni sus caras. Allí por fin me solté de la escalera y aprendí a nadar. Jugábamos a saltar, corriendo por el camino de entrada para coger más “fua”, buceábamos los 25 metros de largo, nos besábamos debajo del agua, espiábamos a las guiris mientras los asquerosos pelos se les salían por los costados del bikini y cuando volvíamos de jugar al fútbol, empanizados de tierra nos tirábamos con zapatillas y todo a la refrescante agua. En esa piscina quizá pasé los mejeros años de mi vida. Le tenía el cariño que se le tiene a una casa, la comodidad de estar en tu sofá, el confort de tu cama, así me sentía todas las tardes en esa piscina.

Había muchas más, pero no las sentía mías. La del hotel Canarios era pequeña, parecida a la de los cruceros. La de Chiguaguas no me gustaba porque no cubría nada, me llegaba el agua por debajo de las tetas, pero tenía un tobogán que aunque, en ocasiones quemaba la piel, era bien divertido. También tenía tres setas gigantes y jugábamos a hacer piruetas. En la parte onda tenía un trampolín de tres metros, yo casi nunca me tiraba, por el cague, claro. La piscina del hotel América estaba congelada siempre y super profunda. Mi abuelo fue piscinero allí muchos años atrás, de ahí me viene la afición. La del hotel Acuamar tenía inclinación como en la playa y la de La Carreta una rampa con cascada. La del hotel Samoa no la recuerdo. Y en la del Balmoral, donde trabajaba mi madre, jugábamos a waterpolo con los turistas.

Calas de Mallorca siempre será mi lugar favorito para pasar el verano, si no me creéis esperad que os cuente de las playas, del fútbol, de las bicis, el salón de máquinas o la marcha.

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