Archivo diario: Viernes, 26 marzo, 2010

Hoy fui un sufrido vagabundo

¿Qué cómo me fue hoy? Por la mayor parte del día me sentí como un sin techo, aunque en casi todo momento sufrí la impotencia que te agrede al no tener coche en esta mal hecha ciudad.

Mi coche se jodió temprano en la mañana. Al regresar de la terapia empezó a hacer un ruido extraño. Pensé que era la falta de aceite debido a la gotera permanente que sufre mi Chrysliter. Salí de casa a las once para encontrarme con el Pelao en Fountainblue. A cinco minutos de haber emprendido el camino mi chatarra comenzó a hacer un ruido infernal (cla, cla, cla, cla), seguido de una peste a quemado bastante preocupante. Pues nada, que ahí empezó mi odisea. El Pelao me pasó a buscar a la Mobil de la US1 y la 77 ave de camino a Fountainblue. Ahí nos metimos dos horas esperando que una china cudeira terminara de cuestionar todos los malditos papeles de su transacción, después nos tocó a nosotros. Para frenarle la imaginación a los más espabilados: no, no nos estábamos casando por lo civil.

Ya era la una y media, yo tenía cita a la una para hacer los taxes, el pelado a la una y treinta y cinco en el consulado de Colombia. O sea, los dos llegaríamos tarde a nuestras citas. Me dejó en el pavo de los taxes, los hice, y cuando me marchaba sin pagar la ñora me recordó, con todo su derecho, que le pagara. Salté al Seven Eleven de enfrente sin éxito al no poder sacar dinero porque mi tarjeta estaba doblada. Ni siquiera con el truco de la bolsita de los cojones pude sacar dinero. Ya eran las dos y media, con dos huevos duros que me había comido a las ocho de la mañana, estaba hasta eso mismo, hasta los huevos de hambre. Regresé al tío de los taxes a esperar que llegara Lari a pagar con la  chequera. Me dio $20 pavos para que pudiera comer, gracias mi amor. Pensé “como en el Sushi Runner mientras llega el Pelao y si se retrasa juego en el Iphone”. Entré al lugar del Sushi a las tres y cinco para recibir un “perdone vea pues, cerramos a las tres”. La puta que parió a Di… Entré en el Seven Eleven con mis $20 en la mano. Estuve tentado a comerme dos burritos de tres mil calorías cada uno por el módico precio de $4 dólares, en cambio pillé una ensalada César. Me comí la ensalada César en la calle, de pié, al lado de una cabina de teléfono. Como un pobre desgraciado, se me acercó otro pobre desgraciado. No entendí un pijo que me decía. Olía a vino. No sé si me estaba preguntando que en qué semáforo trabajo. Cómo le explicaba yo al tío que yo no era vagabundo a pesar de estar comiéndome una ensalada César de pié al lado de la cabina de teléfono.

Una vez terminada la miserable ensalada, me compré unas pipas y me senté en el banco del autobús con la publicidad Insurance del Toro a mi espalda. La sensación de lejanía que sentí con mi casa fue brutal. Impotente, ansioso, molesto e incómodo. Depender de alguien me pone de mal humor. El autobús paró dos veces: You coming up? Me preguntó el conductor. No, man. Mitad de camino con la bolsa de pipas comenzó a llover. La reputa que parió a Di…

Al rato llegó el Pelao. Y por fin llegué a casa. Hoy un fue un día diferente.

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