Archivo diario: Martes, 9 marzo, 2010

Esmeralda

La vi marcharse con lágrimas en los ojos, agarrando el puñado de billetes que por su cara intuí que no le parecían suficientes. Esmeralda clavó sus ojos en el brillo de los míos, abrió la puerta y se marchó para siempre. Recuerdo el día que la conocí. Era una tarde de primavera cálida, con un tímido viento que alborotaba su pelo negro. Paseamos por varias horas en la playa, ella como siempre descalza. Esmeralda no paraba de hablar. Al llegar a su casa nos sentamos en el sofá. Nos miramos fijamente con la sensación de plenitud y felicidad convencidos de que por fin habíamos encontrado lo que por tanto tiempo anhelamos. Esmeralda durmió esa noche rodeándome con sus brazos mientras susurraba que nunca se separaría de mi, promesa que cumplió hasta hoy.

Esmeralda y yo compartíamos el mismo pasado. Vivimos una historia parecida con raíces brasileñas y colombianas. Esmeralda creció en el seno de una familia conservadora, dirigida por las tradiciones de los estratos más altos de Colombia. Por eso cuando me conoció no esperaba tener un nivel de vida inferior al que había estado acostumbrada. A ella le fascinaban las esculturas antiguas. Siempre decía que las antigüedades eran señal de riqueza en una casa, por eso la nuestra estaba repleta de ellas. Todas de imitación por su puesto, aunque el precio que pagaba era siempre desorbitado. Su favorita era El Beso de Auguste Rodin que había colocado en el rellano de la entrada principal de la casa. Vivíamos al máximo ya que Esmeralda no entendía el valor el dinero. Viajábamos a Marsella dos días para la exposición de pintura de un amigo. Al fin de semana siguiente estábamos en El Cairo en una subasta clandestina de piezas del siglo XVI del norte de África. Éramos invitados a las mejores fiestas del país donde Esmeralda lucía su esbelta figura adornada con las joyas más caras y extravagantes. Todos los días usaba un vestido nuevo. Desde el día que la conocí jamás la vi repetir atuendo. Ella  nunca quiso hijos porque alegaba que robarían parte de su tiempo y mucho de su dinero. Era fría y calculadora pero conmigo siempre fue suave y delicada. A pesar de todas sus posesiones, Esmeralda me susurraba, en momentos muy íntimos, que yo era lo más especial que le había pasado en su vida.

Unas inversiones mal realizadas nos dejaron en problemas. El dinero dejó de entrar con la misma frecuencia pero Esmeralda no paraba de ofrecerse caprichos. Tras varios meses de muchas peleas y deudas Esmeralda no ofrecía reacción. Salió de su obstinación una mañana en The Polo Castle en Madison avenue. La mayor vergüenza que había pasado en su vida, repetía de camino a casa, cuando ninguna de sus tarjetas funcionó, dejando en el mostrador más de cuarenta combinaciones que pensaba usar en once días en el Festival de Cannes. Lo que más la indignó es que tampoco viajó a Francia ese año. Aquel episodio marcó el comienzo de otra vida que Esmeralda no sabía si podría vivir. Una tras otra fueron saliendo las figuras que adornaban la casa, era la única manera de mantener en nuestra posesión aquella inmensa mansión. Cuadros, vajillas, vestidos, todo iba despidiéndose en camiones semana tras semana. Esmeralda vivía en una pesadilla. Nos alejamos bastante, ya casi no hablábamos. Por las noches me quedaba en un cuarto y ella dormía en otra habitación sola, pero a pesar de la distancia, la oía llorar. Ya el amor murió por lo que Esmeralda pensó que separarnos sería lo mejor, eso le daría algo de oxígeno, decía entre lágrimas. Yo no pude decir nada.

Todos nuestros recuerdos morirían aquí, en Jamaica avenue, una calle de mala muerte en Queens. Esmeralda entró en la casa de empeño minutos antes de que se volteara el cartel de CLOSED. Yo, como toda joya abandonada, me quedé rodeada de un Rolex de imitación, dos Ipods con la pantalla rayada y una pistola oxidada. Esmeralda se marchó con lágrimas en los ojos, agarrando el puñado de billetes que por su cara intuí que no le parecían suficientes.

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