Archivo diario: Miércoles, 24 febrero, 2010

Mi tío Sebastián

Yo me quito el estrés hablando con mi tío, entre otras aficiones. Me desconecta de mi atropellada realidad transportando mi mente a su tranquila tienda. No sé si os suele pasar pero cuando yo hablo por teléfono suelo imaginarme a la otra persona en su ambiente. Hablo con Lari y me la imagino en su cubículo en la oficina, comiendo. Hablo con Ángel y me lo imagino fregando platos en su casa, bueno en realidad los oigo. A mi madre en la calurosa habitación del segundo piso en Cancún. Al Pelao tumbado en su cama leyendo un libro. A mi hermano, cuando me contesta, en su luminosa oficina o su acogedora casa. Pero solo el imaginarme a mi tío en su tienda me quita el estrés.

Hoy eran las once de la noche en Palma de Mallorca cuando lo llamé a su casa. Me dijo “me pongo la chaqueta y voy a la tienda. Llámame en cinco minutos”. Entonces, en pleno Palmetto congestionado hasta el arcén, con el dolor cotidiano del estrés clavado en la frente comencé a imaginar su trayecto, de menos de 200 metros, desde su piso a la tienda. Literalmente sentí un alivio físico. Una relajación típica de una clase de yoga, un masaje corporal o un buen polvo. Imaginando su ritual desaparecieron todos los coches de mi alrededor. Una rutina que tantas veces vivimos juntos. He aquí el trayecto que hoy realizó mi tío Sebastián:

Colgó el teléfono. “Vengo ahora”, le dijo a mi tía. Se puso una chaqueta, de marca, colgada del perchero al lado de la puerta del piso. Abrió, salió y cerró la puerta. Mientras esperaba el ascensor se subió la cremallera del abrigo. Entró al ascensor. Se encaró con el espejo, sacando pecho, metiendo barriga, pasándose las palmas de las manos por el estómago como limpiándose las migas que no existen y tirando de la chaqueta hacia abajo. Se colocó los huevos. Se acercó al espejo para sacudirse el pelo, moviendo la cabeza hacia los dos costados para verse las canas. Se pasó la mano por la cara como queriéndola limpiar. Abrió la boca mostrando todos los dientes para a continuación pasarse con presión el aire entre el colmillo y la muela limpiándose cualquier resto de la cena que quedara entre los dientes. Se tiró un pedo de gran estruendo y peor perfume. Si yo hubiera estado ahí, que por cierto hubiese realizado el mismo ritual que él pero sin el pedo, mi tío hubiera amagado un rodillazo a mis huevos gritando “fuah, toma”. Yo, al doblarme por el instinto, habría terminado de tragarme el horrendo olor. Los dos saldríamos pitando del ascensor muriéndonos de la risa. Dejaríamos el edificio con las manos en los bolsillos dando grandes pasos, resoplando humo por nuestra boca debido al frío. Sorteando las mierdas de perro de la acera lo más probable no nos dirigiríamos la palabra en los tres minutos del trayecto, o quizá nos faltaría el aire de tanto hablar a paso ligero. Subiría la persiana de la tienda. Lo suficiente para doblarnos por debajo de ella. Volveríamos a bajar la persiana. Yo me frotaría las manos del frío, mientras mi tío apuntaría al aparato de aire acondicionado con su control remoto color crema. Él tararearía alguna canción de los Beatles, encendería el ordenador. Hoy nos podrían dar las tantas de la madrugada haciendo cualquier chorrada sin importancia en su tienda.

Desperté y estaba de vuelta en la autopista, rodeado de coches, pero con una sonrisa en el medio de mi cara. Ojalá pudieras estar aquí para compartir todas mis cosas. Miaque te extraño chaval.

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