Archivo diario: Lunes, 15 febrero, 2010

Mi fascinación por los deportes

No recuerdo cuándo ni cómo me empezaron a gustar los deportes, pero me encantan. Existe una magia indescriptible alrededor de una pelota que me fascina. La sensación de control al botarla me hipnotiza. El misterio de lanzarla a un punto determinado o atraparla al vuelo con mis manos me cautivó desde siempre. Ni mis padres ni mis abuelos hicieron deporte en su vida, creo que mi padre no ha tenido nunca ni siquiera una zapatillas. El único “deportista” de la familia tendría que ser mi tío Sebastián. Digo “deportista” porque las excursiones o el atletismo no involucran balones, y por mucho que me gusten esas dos actividades, los deportes que me encantan son los que incluyen una pelota. Algún día jugamos, con mi tío Sebastián, al frontenis pero para ese entonces ya el deporte me había eclipsado, o sea que la influencia no me pudo venir por él. No recuerdo un entrenador que me marcara, ni tampoco un amigo que me introdujera a este mundo de fantasía, solo recuerdo, desde muy pequeño, alucinar viendo y jugando cualquier deporte. Lo más probable es que lo llevara por dentro y en algún momento desperto.

Hoy puedo ver ese fuego dentro de mi hijo Sebastián. Algo arde también en el de Marcos, pero a él le interesan un poco más los libros y la pintura, cosas que yo descubrí ya de mayor. Me encanta verlos jugar. Chutarnos un balón de un lado a otro del pasillo, algo que yo podía hacer por horas. Ahora están aprendiendo a botar la pelota con una mano, le bajé la canasta y ya han sentido la euforia de encestarla. Espero que algún día disfruten, como yo, la adrenalina de lanzar una pelota contra la pared y amortiguarla con una mano, esa sensación de malabar hay que disfrutarla para perfeccionarla. O lanzar un balón hacia arriba mientras estás tumbado en la cama, recuerdo pasar unos buenos ratos con ese juego. La tensión de la competencia me completa, aunque solo sea tratar de encestar cincuenta tiros libres seguidos o mantener la pelota de fútbol sin tocar el suelo durante trecientos toques.

Quizá nunca descubra de dónde proviene este embruje que tengo por los deportes pero sí me aseguraré que continúe a través de mis dos hijos.

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