Archivo mensual: febrero 2010

No suelo hacer estas cosas, pero hoy me impactó mucho este video del rescate de Iñaki Ochoa de Olza.

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Virgen o flojilla

Las mujeres tienen una adolescencia jodida. Hoy viendo una película, tan mala que ni quiero recordar el nombre, la protagonista era virgen a los veinticinco años. El novio, un reportero de la televisión local, informa en las noticias de las once a toda la ciudad el secreto de su prometida. La tía por su puesto se muere de vergüenza ante una decisión que suponemos estuvo convencida al tomarla.

 Le comenté a Lari lo difícil que es acertar con el número exacto de tíos con los que una mujer se “debe” acostar para ser aceptada por nuestra hipócrita sociedad, El Mortero el primero. Irremediablemente en algún momento de nuestros primeros pasos de pareja llega la enfermiza pregunta de ¿con cuántos te has acostado? Generalmente iniciada por el hombre pero curiosamente seguida de un ¿y tú? por parte de las mujeres. Todos tenemos amigas que se han pasado un número elevado para amasarse una indestructible reputación. También hemos conocido otras que han protegido su virginidad hasta el último momento, día elegido por nuestra religión como el permitido para comenzar a gozar. Éstas últimas tampoco comparten la noticia de su celibato sexual con nadie, lo más probable acosadas por la vergüenza. Entonces qué debe hacer la mujer para vivir en paz, cuál es su mejor decisión para crecer disfrutando de algo tan necesario en nuestras vidas.

No tengo ni idea pero lo cierto es que todos los hombres nos hemos alegrado de que haya mujeres de todos los tipos y prejuicios cuando éramos críos. Que cada una haga lo que le pida el cuerpo, o la mente.

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La dieta de la desintoxicación

Lari y yo empezamos mañana la dieta de los 21 días de desintoxicación de la Dra. María Delgado. La base de la dieta consiste en reemplazar todos los productos sintéticos por comida orgánica, fresca y natural, o sea, comer bien. Entre los primeros cambios drásticos tengo que dejar mi tan adorada leche, los cereales o, en menor adicción, la Coca-Cola entre muchos.

He creado una sección llamada Mi Dieta para seguir el progreso de este fascinante viaje. Ahí os iré contando los altibajos de esta aventura, donde cada día iremos explorando nuevas recetas y platillos. La dieta más estricta durará 21 días pero esto será nada más que el camino para un cambio en nuestra alimentación, un cambio de por vida.

Por lo pronto me adelanté y de pretemporada hoy me rehogué en mantequilla pura un poquico de cebolla, con pedazitos de calabacín verde y amarillo que estaba para desmayarse, de rico. Un par de mandarinas, mucha agua con limón y para cenar una ensaladica de espinacas, zanahoria y pollo hervido.

PS: Me clavé dos helados sin azúcar que quedaban de la velada del Pictionary. Solo quería terminarme los pecados restantes antes de comenzar la dieta. Culpadme.

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Enamorado del Iphone

La primera vez que vi un Iphone pensé que habíamos vuelto a la época de los teléfonos enormes aquellos de Motorola. Me pareció horrible. La tía que lo tenía era una pija que pasó fugazmente por la oficina la cual se quejaba de que se le cortaba la llamada con la cara. Lo cierto es que no me llamó la atención para nada a pesar de que sí aluciné cuando vi como la pantalla se movía horizontalmente. Meses después el país entero tenía un Iphone. Recuerdo viajar a Boston y no ver ni un solo teléfono diferente al Iphone. Yo seguía sin perder el sueño por el nuevo juguete que tenía embobado al país. El año pasado Lari se compró uno, a los dos días estaba fascinada. Yo lo disfrutaba por las noches pero sin obsesionarme. El Iphone suponía para mí una gran contradicción. Si bien me encantan todos los juguetitos electrónicos, odio seguir las masas como un borrego. Nunca tuve chaqueta Naf Naf cuando se puso de moda en España y me resistí a los Levis 501 hasta que ya no había otra maldita marca en las tiendas.

Bueno, la semana pasada se fue todo a la mierda. Me dieron un Iphone en el trabajo y esa misma noche le dije “buenas noches” cuando lo puse a dormir entre mi obsoleto Blackberry y 20 mil leguas de viaje submarino. Estoy enamorado de su diseño, con esa protección tan elegante que le compré y hasta del chasquido que emite al deslizar la flechita para desbloquearlo. El tacto de su pantalla me fascina. La rapidez de las funciones va acorde con mi vertiginosa vida. Siento la conexión con el mundo. Por el contrario mi Blackberry lo encuentro ahora tan limitado. Para que entendáis, es como pasar de vivir en un pueblito donde hay un supermercado, la iglesia, un cine y dos bares a mudarse al pleno centro de Manhattan. Así me siento con el Iphone en mis manos, con acceso a todo. Aplicaciones de deporte, Facebook, Twitter y hasta El Mortero, varios juegos y por supuesto Pandora, todo gratis, no faltaba más.

En fin, que me da igual ser otro borrego más con su juguetito en el bolsillo, porque cuando el juguetito es tan fascinante como lo es el Iphone, no queda otra más que quitarse el sombrero y balar ¡beeeehhhh, beeeehhhh¡

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Mi tío Sebastián

Yo me quito el estrés hablando con mi tío, entre otras aficiones. Me desconecta de mi atropellada realidad transportando mi mente a su tranquila tienda. No sé si os suele pasar pero cuando yo hablo por teléfono suelo imaginarme a la otra persona en su ambiente. Hablo con Lari y me la imagino en su cubículo en la oficina, comiendo. Hablo con Ángel y me lo imagino fregando platos en su casa, bueno en realidad los oigo. A mi madre en la calurosa habitación del segundo piso en Cancún. Al Pelao tumbado en su cama leyendo un libro. A mi hermano, cuando me contesta, en su luminosa oficina o su acogedora casa. Pero solo el imaginarme a mi tío en su tienda me quita el estrés.

Hoy eran las once de la noche en Palma de Mallorca cuando lo llamé a su casa. Me dijo “me pongo la chaqueta y voy a la tienda. Llámame en cinco minutos”. Entonces, en pleno Palmetto congestionado hasta el arcén, con el dolor cotidiano del estrés clavado en la frente comencé a imaginar su trayecto, de menos de 200 metros, desde su piso a la tienda. Literalmente sentí un alivio físico. Una relajación típica de una clase de yoga, un masaje corporal o un buen polvo. Imaginando su ritual desaparecieron todos los coches de mi alrededor. Una rutina que tantas veces vivimos juntos. He aquí el trayecto que hoy realizó mi tío Sebastián:

Colgó el teléfono. “Vengo ahora”, le dijo a mi tía. Se puso una chaqueta, de marca, colgada del perchero al lado de la puerta del piso. Abrió, salió y cerró la puerta. Mientras esperaba el ascensor se subió la cremallera del abrigo. Entró al ascensor. Se encaró con el espejo, sacando pecho, metiendo barriga, pasándose las palmas de las manos por el estómago como limpiándose las migas que no existen y tirando de la chaqueta hacia abajo. Se colocó los huevos. Se acercó al espejo para sacudirse el pelo, moviendo la cabeza hacia los dos costados para verse las canas. Se pasó la mano por la cara como queriéndola limpiar. Abrió la boca mostrando todos los dientes para a continuación pasarse con presión el aire entre el colmillo y la muela limpiándose cualquier resto de la cena que quedara entre los dientes. Se tiró un pedo de gran estruendo y peor perfume. Si yo hubiera estado ahí, que por cierto hubiese realizado el mismo ritual que él pero sin el pedo, mi tío hubiera amagado un rodillazo a mis huevos gritando “fuah, toma”. Yo, al doblarme por el instinto, habría terminado de tragarme el horrendo olor. Los dos saldríamos pitando del ascensor muriéndonos de la risa. Dejaríamos el edificio con las manos en los bolsillos dando grandes pasos, resoplando humo por nuestra boca debido al frío. Sorteando las mierdas de perro de la acera lo más probable no nos dirigiríamos la palabra en los tres minutos del trayecto, o quizá nos faltaría el aire de tanto hablar a paso ligero. Subiría la persiana de la tienda. Lo suficiente para doblarnos por debajo de ella. Volveríamos a bajar la persiana. Yo me frotaría las manos del frío, mientras mi tío apuntaría al aparato de aire acondicionado con su control remoto color crema. Él tararearía alguna canción de los Beatles, encendería el ordenador. Hoy nos podrían dar las tantas de la madrugada haciendo cualquier chorrada sin importancia en su tienda.

Desperté y estaba de vuelta en la autopista, rodeado de coches, pero con una sonrisa en el medio de mi cara. Ojalá pudieras estar aquí para compartir todas mis cosas. Miaque te extraño chaval.

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Top de películas que me hicieron llorar

Vale, reconozco que he llorado viendo alguna que otra película, quizá varias ¿y qué? He de admitir que de vez en cuando son necesarias en mi vida, me da perspectiva. De hecho la mayoría que aquí enumero están en mi lista de películas favoritas, y son de las únicas que poseo.

Todas están asociadas a un aspecto de mi vida. La familia, los amigos, el amor, los deportes.

El Top de películas que me han hecho llorar:

Frequency – Me fascina la relación de hijo y padre, más tarde con los nietos jugando béisbol en el parque. Aunque en mi caso dudo que algún día practiquemos un deporte los hombres de la familia, más bien nos imagino en un viejo Cadillac descapotable camino a Isla Morada a comer marisco.

The Shawshank Redemption – Por esa anhelada sensación de libertad.

Rudy – El sueño de conseguir tus objetivos. Lloré la primera vez que completé un triatlón, también el primer duatlón o el día que marqué con la zurda por la escuadra con la selección española, corrí besando el escudo, muy emotivo.

The Bridges of Madison County – La sensación del amor perdido, y aunque yo todavía lo retengo, el hecho de imaginar perderlo me hace llorar siempre que veo alejarse el pick up de Clint.

Cinema Paradiso – Por el recuerdo de mi niñez. Aquellos momentos que solo viven en nuestra retina pero que nos dan vida al presente. Mis amigos, mi casa, mi bici, mis abuelos y sobre todo mi tío.

Love Actually – Para no olvidar nunca el maravilloso sentimiento.

A walk in the clouds – Más amor.

The Notebook – No me culpéis pero ¿quién no ha llorado con The Notebook?

Billy Elliot – Por ver triunfar a mi hijo aunque preferiría en otro medio, nada personal.

The Hangover – Pero de la risa.

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Mi Chrysliter

Anoche dejé la ventana de mi Chrysler abierta. La humedad derritió el volante, dejando una grasa pegajosa en mis manos al primer contacto. Metí la mano en la mochila de mi hijo y no me quedó otro remedio que usar los calzoncillos de Power Rangers de Marcos. Así manejé todo el día.

Hoy mi coche cumple doce años de edad. Me inclino a pensar que las edades de los coches deben multiplicarse por siete, como sucede con los gatos, de cualquier manera mi amasijo de metal y recuerdos se asemeja más a un anciano de ochenta y cuatro años que a un adolescente de doce. El coche, en una ciudad como Miami, se convierte en parte fundamental de nuestras vidas, definiendo el carácter de las mismas, vehículo de nuestras creencias y compañero de experiencias.

Advierto, aunque no debería hacerlo porque en El Mortero no existe la censura ni a veces la mesura, que estoy hablando en términos generales, los sensibles que den un paso al costado por favor. Pero hay coches hechos a medida para ciertos individuos, o que automáticamente asociamos con un estilo de vida, por ejemplo:

– La mini van: madre con hijos
– El Jeep: el aventurero
– El Element: el deportista
– La pick up: el red neck
– El Escalade: el negro pimp
– El convertible rojo: tío en la crisis de la mediana edad
– El Lexus o Mercedes en una señora de mediana edad: el marido es rico
– El Lexus, BMW o Mercedes en una jovencita: el papi es rico
– El Lexus, BMW o Mercedes en un hombre: el tío es rico
– El mini cooper: el gay
– El Beetle en una mujer: la mina es una pija
– El Beetle en un hombre: el tío es regay
– El Honda Civic trucado: el gangero hispano
– El Chevrolet con luz en un costado y encima del techo: de policía
– El mismo Chrevrolet sin las luces en el techo: Taxista paquistaní
– Chrysler Sebring del 98: un tío muy tacaño

El coche se convierte irremediablemente en el vehículo para gritar al mundo en qué creemos, a que nos dedicamos o cuántos perros alimentamos. Sin lugar a dudas el auto dio paso a Facebook y a Twitter, de hecho la próxima aplicación de estos dos sitios será para el coche. Qué divertida será la Palmetto en las mañanas. ¡I’m lonely! ¡Drunk and horny! ¡Happy Birthday girl! ¡Papito, TQM! ¡OMG, she’s giving me a BJ! ¡Calenté un churrasco (by JMRotulo)! ¡Vota en Premio Lo Nuestro!

La cuestión es que quién no ha visto el pescadito de Jesús, o el My son is an honor student o el Obama 08, o por supuesto las ya populares figuritas de la familia de clase media alta (el papá, la mamá, el niño, la niña y el perrito). El coche deja de ser una simple lata con ruedas para ser el primer mensaje que mandamos al prójimo: soy demócrata, gay o triatleta.

En el coche sobre todo hablamos por teléfono, comemos o leemos. Solo las mujeres tienen la necesidad y habilidad de maquillarse. En el coche pegamos nuestro primer polvo con alguna de nuestras parejas. También tuvimos la última conversación,  la de la ruptura. Compañero de mil secretos que alguna vez nos dejó tirados, aunque lo más probable nos ha fallado menos veces que cualquiera que diga ser nuestro verdadero amigo.

Hoy mi coche cumplió doce años, y aunque sueño todos los días con el olor de mi próximo auto, el día que éste llegue, extrañaré con locura todas las aventuras que he vivido con mis chrysliter.

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