Archivo mensual: enero 2010

La primera vez que vi la nieve

La primera vez que vi la nieve fue en 1988 en Andorra, tenía 12 años. No vi nevar pero pudimos hacer una divertida guerra de bolas con los colegas y deslizarnos por una pendiente con unos cartones. Años después vi nevar, fue en Detroit durante el Super Bowl en el 2006. Todo esto viene porque hoy he visto nevar de nuevo, en Indianápolis, salí a la puerta del hotel a sentir como caía la nieve, una experiencia maravillosa. Al entrar al lobby la señora de la recepción me dijo:

– You are not from around here, aren’t you?

Observadora la señora. Ante todo me estoy hospedando en el hotel y más allá de esa lógica pudiéramos interpretar “around” como que no soy de un lugar donde suele nevar. Claro, nadie acostumbrado a la nieve saldría en camiseta a tratar de cazar los copos de nieve con las manos. Esto me hizo recordar lo curioso y fantástico que puede ser el clima en determinados ocasiones para el que está acostumbrado a otra experiencia. Esta misma sensación que he experimentado hoy la he reconocido a lo largo del tiempo en otras personas, por ejemplo:

– Los turistas alemanes bañándose en las playas de Mallorca en marzo.
– Turistas ingleses y parisinos, concretamente, sorprendidos por el sol de julio en Mallorca.
– La novia del mi hermano por el calor de Miami en enero. (Vive en Nueva York)
– Mi madre por el fresco de Archivel, su pueblo, en verano. (Vive en Cancún)
– Mis abuelos por las lluvias de verano en Miami. (Son de secano, de Murcia)
– Lari al pasar la Navidad con frío en Mallorca. (Es dominicana)

Seguro hay muchos más.

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Así no se puede viajar, que asco

Volar no me da miedo, me produce angustia. Hace un tiempo atrás disfrutaba viajar en avión. Los viajes eran escasos, quizá uno al año y solían ser transoceánicos. Recuerdo que los esperaba con emoción, cierto nerviosismo y los disfrutaba desde principio a fin. Entregar el pasaporte, ese documento tan misterioso y de tanto poder, que había estado guardado todo el año en un sobre oscuro. Ver alejarse las maletas por la cinta con la duda de si llegarían a tiempo al destino. Los controles de seguridad daban risa, eran rápidos y poco dolorosos. Disfrutaba todos los movimientos del aparato acurrucado en las finas mantas y hasta me daba el lujo de pensar en accidentes y lo divertido que sería recorrer el pasillo entre el caos de los presentes y saltar al mar por uno de esos toboganes de las películas.

Esa aventura ha quedado muy lejos de la realidad. Me dan ganas vomitar cuando pienso en viajar. Ayer por ejemplo: llegué al aeropuerto a las 2:30 PM para mi vuelo a Indianápolis de las 5:40 PM (cierto, llegué muy temprano, pero ese no es el punto). Después de sacar el laptop de la bolsa, quitarme la chaqueta, dejar los zapatos en otra cesta diferente, sentirme como un terrorista medio desnudo e indefenso, pasar el control, vestirme corriendo porque el pesado de turno ya está soplándote la nuca. Bueno, después de todo el circo el avión se retrasa dos horas. A las 7:40 lo empuja el camioncito ese gracioso, vamos camino Chicago para una conexión a las 10 hora del este, bien de tiempo de momento. Al encender los motores hubo una pequeña explosión, sí explosión y el avión quedó sin electricidad. Según el pesado del altavoz era la bomba hidráulica del motor derecho. Una hora reparándolo. Por su puesto perdimos la conexión a Indianápolis mientras las piernas se me durmieron por el ridículo espacio entre asientos y me sacaron 10 dólares por un sándwich de mierda, que además consiguieron venderme porque dijeron su nueva frase de mercadeo: “It´s from Boston Market” Ahh no jodas, si es de Boston Market venga, dale, pensando que estaría calentito. Más frío que el pollo de la cocina.

Terminamos a las 12 de la noche en el Crowne Plaza O´hare de Chicago, con frío y hambre, el bar-restaurante cerrado, el minibar de la habitación pelado. Me hice un café para no desmayarme, cuatro horas y media después todavía estaba despierto viendo petardas, para que os miento. Como siempre sucede en estas situaciones, cuando ya me tengo que levantar para ir al aeropuerto es cuando más sueño tengo.

Sin maleta, con la misma ropa de ayer (incluidos calzoncillos) sin desodorante, colonia o crema de afeitar. Por eso ahora no tengo ganas de dormir aunque quiero, ni de comer aunque desmaye, lo que quiero es tener una escusa válida para perder ese maldito vuelo de las ocho a Indianápolis y volver a casa en autobús.

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Ya casi no quedan periodistas

Han pasado más de diez días del terremoto que destrozó Puerto Príncipe y yo sigo enfermo por el “trabajo” que algunos de mis colegas están haciendo en Haití. La profesión del periodista está devaluada. Me da asco y vergüenza ver los medios de comunicación y personajes del medio aprovechándose de la miseria de otros para destacar y promocionar su nombre. Periodistas que se ponen delante de la cámara fotográfica obstruyendo lo que verdaderamente es importante, otros que aprovechan el viaje de famosos solidarios para chupar minutos al aire.

Es asqueroso ver como la noticia es que fulano o mengano está en Haití y se siente abrumado por la devastación y el olor a muerto. Es deprimente pensar que la noticia dejó de ser Haití para pasar a ser el propio periodista, sobre todo el de televisión. Qué carajo me importa lo que impactó al que informa el ver apilados cientos de muertos sino me van a decir que están haciendo con esos cadáveres. A quién benefician con estas crónicas, por su puesto no al que las lee y muchos menos a Haití y sus haitianos.

Un micrófono, cámara o computadora pueden ser muy útiles dándoles un buen uso pero también pueden desprestigiar una profesión si can en manos de vanidosos personajes disfrazados de periodistas.

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Gris clarito

Como decía un amigo sicólogo “Todo debe estar en tonalidades de grises. No hay nada blanco y tampoco negro”. Si crees que las cosas están muy negras, fíjate bien porque seguro no lo están tanto y no será tan complicado mezclarle algo de blanco para buscar un gris más agradable. Si por el contrario crees que todo va muy bien, que todo es blanco, lo más probable es que no estás prestando mucha atención a lo que está sucediendo a tu alrededor. Como experto de los dos colores, os puedo asegurar que es cierta esta analogía. Todo se mueve por los grises, solo tenemos que tratar de echar más blanco para mantener la mezcla lo más clarita posible. Yo ahora la tengo tirando para clara aunque espero inyectar algo más de blanco las próximas semanas.

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The Legend is not back

Así es, La leyenda sigue muerta desde hace mucho tiempo. Lo mejor de todo es que no se le extraña. Me gusta el ritmo del partido a estas alturas de mi vida, a veces un poco caótico, pero divertido en la mayoría de los momentos.

Ayer 21 de enero fue una locura de día. Por eso estoy escribiendo el tema hoy viernes 22. Salí a las ocho de la mañana de casa y regrese a la una de la madrugada. Pasaron muchas cosas importantes en el trabajo que todavía no puedo revelar.

Nos vemos al rato.

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Hasta dónde llega el materialismo de las mujeres

Resulta que en la oficina nos dejan coches para que los probemos y hagamos reseñas. De ven en cuando me dejan alguno, como sucedió hoy. Llegan con el depósito lleno de gasolina y lo puedes entregar como quieras, aunque sea en los últimos gases para que el chico que viene a buscarlo llegue a la gasolinera. El que me dejaron hoy estaba en la última línea de la reserva, por lo que decidí ponerle $3 dólares ya que lo tengo que entregar mañana a las diez, o sea lo justo para ir de la oficina a casa y de casa a la oficina.

Mientras hablaba con mi amigo El Pelao por teléfono, paré en la gasolinera de la esquina. Metí la manguera en el orificio del coche cuando una chica bastante decente, con unos pechos exagerados, me dijo caminando hacia la tienda:

– ¿Eres venezolano?
– No, español. ¿Tú?
– Venezonala. Espera que te doy mi tarjeta – me dijo regresándose hacia su coche y sin ningún tipo de aviso.
– Toma, llámame cuando te desocupes, pero llámame – me dijo alargando su tarjeta de diseñadora de interiores.

En ese mismo instante la conversación continuó con el pelao.

– ¿Para que veas pelao? Uno no es Brad Pitt pero…- le vacilé a Silvio.
– The legend, Joaco, eres The Legend. – Me respondió.
– Qué va, en cuanto se dé la vuelta rompo la tarjeta, déjate de rollos,- continué.
– Llámame, Llámame – pude leer en los labios sordos de la venezolana que volvía de la tienda hacia su coche rotando su mano derecha con el pulgar y el meñique extendidos, uno cerca de la oreja y el otro de la boca.
– Pff, Pelao, esta tía insistiendo que la llame. Tiene una cara de guarra, – le dije.

Pues nada, me subí al coche con la autoestima mejorada pero con alguna que otra duda. Al fin y al cabo han pasado los años y la chica es de esas que si se fija en uno suele suscitar dudas debido al tamaño de sus tetas y el kilometraje de su cara. Meto primera y caigo en la cuenta.

– ¡Pelao! Con razón me dio su tarjeta, es por el Nissan 370Z descapotable que llevo, – le grito a Silvio

Tras la risa de mi colega siento una pequeña decepción y un pinchazo en la autoestima. A pesar de ya había roto la tarjeta de la señorita M. R., nunca viene mal un empujón de esos en la testosterona y confirmar, que lo más probable me había dado la tarjeta por el coche y no por mi físico, podía ser la ratificación de varias cosas:

1.- Que sí tengo la autoestima baja y soy un pesimista por pensar que le gusté solo por el auto.
2.- Que soy un prejuicioso y quizá la tía sí se enamoró de mí y para nada es una Gold Digger.
3.- Que en efecto, la mina es una guarra y por su puesto lo que la atrajo fue el perfil del coche y no el de mi pecho y barriga.

Lo peor de todo es que mientras me alejaba camino a casa me fijé en el medidor de gasolina y en vez de poner los $3 que tenía planeado había llenado el depósito, o sea que me había gastado por lo menos $40 pavos sin necesidad. En ese momento me sentí como un verdadero gilipollas. Pasé de sentirme bien por el halago de la venezolana, a la cruda realidad de mi barriga, para terminar como un imbécil por haber tirado $40 dólares a la basura.

PS: Estoy buscando un trozo de manguera para chupar la gasolina del Nissan y meterla en el coche de mi mujer, así de mal están las cosas.

PS2: Entré a Facebook para poner la foto de M.R. y esta es la primera amiga que encontré. Ejem.

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El terremoto de Haití en video

Que desesperación, los niños corriendo y la gente atrapada entre el hierro y el hormigón. Después de un día donde todavía no he terminado de trabajar, a pocos minutos de la media noche y habiendo empezado a las ocho de la mañana, os dejo con este video. El terremoto de Haití mientras estaba sucediendo.

http://cnn.com/video/?/video/world/2010/01/19/haiti.as.it.happened.cnn

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