Una tarde en Supercuts

Siempre me ha llamado la atención el mal rollo que hay en las peluquerías Supercuts. Por lo general estas peluquerías de cuarta división están dominadas por tijeras colombianas, cubanas y alguna que otra hondureña. Asumo que su salario es determinado por la cantidad de cortes que realican al día, de ahí la tensión que se genera por conseguir un nuevo cliente. A la que suelo ir está en la US-1, y no daré más datos para no tener problemas.

En una nota a parte, ayer contaba en la cocina que le había hecho fotos al actor Saúl Lisazo jugueteando con una pedazo de mujer en Macarena, por ahí del 1997, y resulta que es el tío de uno de los chicos que estaba comiendo conmigo y escuchando la historia. Espero no haberlo metido en problemas con su mujer, trece años después.

Por eso no diré que sucursal de Supercuts es la que frecuento. Esta vez, o sea hoy, fui con mis dos hijos. De nuevo, como sucede cada vez que voy, la señora colombiana se adelantó a la cubana robándole nuestro ticket, los tres cortes. A pesar del aparente enfado de la peluquera cubana nunca llegan a pelear. Solo se tiran indirectas más afiladas que navaja de barbero.

– Otra vez se me adelantaron. Aquí hay mucha víbora. Dice la peluquera cubana sin dirigirse a nadie desde la caja registradora.
– Estas se pasan el día hablando basura y porque una sí quiere trabajar entonces la critican, – susurra la colombiana mientras bordea mi oreja.

Una vez comenzado el trabajo le digo a la señora que quiero que me pase la máquina al número cinco.

– ay vea pues, eso es muy corto mi amor,- me contesta.
– Bueno, como usted diga.

Si por ellas fuera no cortarían un carajo para que tuvieras que volver mañana.

– ¿Quiere lavado?
– No, gracias.
– Tengo un conditioner que le va curar estas heridas que tiene en la cabeza,- me dice mientras escarba con asco en mi cabello.
– Nah, tengo uno en casa, tranquila,- le digo.
– Pues no lo usa muyb-bien, mi amor.
– Ya, sí.

A veces, pago los cuatro dólares extras del lavado solo por no discutir. De paso me dan un masajito en la cabeza.

En la caja registradora:

– ¿Quiere llevar algún productito señor? ¿Algo para su cabello, para el del niño mayor que no lo tiene muy saludable, para la señora?
– No, gracias, tenemos en casa.
– Hay 60% de descuento, aproveche.
– Nope, está bien, no se preocupe.
– Le haría muy bien a su pelo, con su figura, su altura y un pelo sano…- Se muerde el labio de abajo con los dientes de arriba, dejando escapar un sonido de succión, me recorre entero con sus ojos llenos de rimmel.

Y yo me siente sucio, imaginándome como la señora, que podría ser mi abuela, se hace la película conmigo mientras suspira.

Llego a casa y el lado derecho lo tengo más largo que el izquierdo. Vamos no me jodas, me insultaron el cabello, el de mi hijo, me presionaron para gastar más dinero, me violó mentalmente la abuela de la caja registradora y encima tengo que regresar a la peluquería a que me emparejen el desastre que me hicieron. Más que Supercuts esto SuperSucks.

3 comentarios

Archivado bajo Crítica, Relato

3 Respuestas a “Una tarde en Supercuts

  1. Colosal. Yo no soporto esos lugares. O me corto el pelo en una de esas peluquerías a la antigüa, con barberos malencarados que hablan mucha mierda de deportes, política y mujeres (¡gran experiencia que cae en el olvido!), o de plano me resigno a cortarme el cabello en casa, con la maquinilla y mi fiel juego de espejos encontrados. El resultado es casi el mismo, pero me ahorro unos cuantos pesitos y muchas indirectas entre estilistas fondonas e incomodamente sugestivas…

  2. eduardoorbea

    jajajajajajaja, me hiciste reir otra vez. Creo que voy a cambiar el nombre del link a tu blog en el mio. Desde hoy, sera La cloaca de Joaco.
    Yo voy a una peluqueria de cubanos bien a la antigua, donde me cobran 10 dolaretes y me hablan tan rapido que no les entiendo un sorete. Y en seis minutos, estoy afuera, puteando y preguntandome por que vuelvo a esa mugre de lugar. Y regreso a casa sabiendo que mi esposa me preguntara lo mismo. Lo peor es que en dos meses vuelvo.

  3. jajaja, sí loco, ya sé cual es, me dijiste un día. En la 24 y la 87, yo iba ahí hace mil años. Una fila de sillas a la izquierda y un promedio de edad de 87 años. Me cobraban 6 dólares en el 95.

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