Archivo diario: Domingo, 24 enero, 2010

Así no se puede viajar, que asco

Volar no me da miedo, me produce angustia. Hace un tiempo atrás disfrutaba viajar en avión. Los viajes eran escasos, quizá uno al año y solían ser transoceánicos. Recuerdo que los esperaba con emoción, cierto nerviosismo y los disfrutaba desde principio a fin. Entregar el pasaporte, ese documento tan misterioso y de tanto poder, que había estado guardado todo el año en un sobre oscuro. Ver alejarse las maletas por la cinta con la duda de si llegarían a tiempo al destino. Los controles de seguridad daban risa, eran rápidos y poco dolorosos. Disfrutaba todos los movimientos del aparato acurrucado en las finas mantas y hasta me daba el lujo de pensar en accidentes y lo divertido que sería recorrer el pasillo entre el caos de los presentes y saltar al mar por uno de esos toboganes de las películas.

Esa aventura ha quedado muy lejos de la realidad. Me dan ganas vomitar cuando pienso en viajar. Ayer por ejemplo: llegué al aeropuerto a las 2:30 PM para mi vuelo a Indianápolis de las 5:40 PM (cierto, llegué muy temprano, pero ese no es el punto). Después de sacar el laptop de la bolsa, quitarme la chaqueta, dejar los zapatos en otra cesta diferente, sentirme como un terrorista medio desnudo e indefenso, pasar el control, vestirme corriendo porque el pesado de turno ya está soplándote la nuca. Bueno, después de todo el circo el avión se retrasa dos horas. A las 7:40 lo empuja el camioncito ese gracioso, vamos camino Chicago para una conexión a las 10 hora del este, bien de tiempo de momento. Al encender los motores hubo una pequeña explosión, sí explosión y el avión quedó sin electricidad. Según el pesado del altavoz era la bomba hidráulica del motor derecho. Una hora reparándolo. Por su puesto perdimos la conexión a Indianápolis mientras las piernas se me durmieron por el ridículo espacio entre asientos y me sacaron 10 dólares por un sándwich de mierda, que además consiguieron venderme porque dijeron su nueva frase de mercadeo: “It´s from Boston Market” Ahh no jodas, si es de Boston Market venga, dale, pensando que estaría calentito. Más frío que el pollo de la cocina.

Terminamos a las 12 de la noche en el Crowne Plaza O´hare de Chicago, con frío y hambre, el bar-restaurante cerrado, el minibar de la habitación pelado. Me hice un café para no desmayarme, cuatro horas y media después todavía estaba despierto viendo petardas, para que os miento. Como siempre sucede en estas situaciones, cuando ya me tengo que levantar para ir al aeropuerto es cuando más sueño tengo.

Sin maleta, con la misma ropa de ayer (incluidos calzoncillos) sin desodorante, colonia o crema de afeitar. Por eso ahora no tengo ganas de dormir aunque quiero, ni de comer aunque desmaye, lo que quiero es tener una escusa válida para perder ese maldito vuelo de las ocho a Indianápolis y volver a casa en autobús.

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