Un cocodrilo se comió a mi hijo

Hoy he soñado con Pep Guardiola. Ayer un cocodrilo se comía a mi hijo mayor. Bajaba yo al lobby de un hotel cualquiera, pequeño, con un solo empleado en la recepción, cuando Guardiola, con sus manos en los bolsillos y una chaqueta fina de lana, entraba por la puerta con cara de preocupación. Hombre, don Pep Guardiola le dije mientras rodeaba su mano con las dos mías. Continué diciéndole al estratega del Barcelona: es un placer y un honor saludarlo. Es un orgullo para España, yo soy de Mallorca pero español ante todo, y no solo por su labor deportiva pero por su coherencia y sentido común al hablar es usted un orgullo, una buena representación. Después de soltar mi discurso, donde también conseguí insertar que era periodista, a lo que él replicó: Ah, es usted un amigo, cosa que no entendí muy bien, continúe insistiendo en lo bien que habla y el buen ejemplo de la retórica que da en un mundo, el deportivo, tan escaso de mentes bien habladas.

La noche anterior estaba yo jugando con un cocodrilo en una especie de piscina artificial, esas de agua turbia, suelo marrón y bordes inclinados como las que hay en los zoológicos. Creo que estaba tratando de revivir a un cocodrilo con una rama, que al parecer estaba muerto. Como describió muy bien mi cuñado José, you were bothering him. He was just sleeping. Exacto, estaba vivo y yo lo estaba poniendo de mal humor. Al girarme para buscar otra rama más larga vi a Lari dentro de la piscina, en la orilla, empujando un pequeño bote con mi hijo mayor dentro de el. Justo en ese momento el dinosaurio abrió su boca y uno ojo. Yo grité del otro lado pero fue demasiado tarde. El animal mordió a mi hijo en el torso. Toda la parte izquierda de su pequeño cuerpo estaba enterrada en su boca. Lari tiraba del brazo que quedaba libre mientras gritaba sin control. Yo corrí hacia ellos pero solo pude ver la cara de mi hijo mientras desaparecía en el agua, sus ojos clavados en mí. Sin llorar, sin expresión de miedo, la imagen de su cara que no puedo sacar de mi cabeza era una imagen tranquila, serena, quizá porque ya estaba muerto. Lloré todo el sueño, lloramos. Lari y yo no parábamos de llorar. Ella trataba de consolarme por haber intentado de salvarlo, yo estaba orgulloso porque no la culpaba por haber metido al niño en la piscina. Buscábamos un momento positivo en esa tragedia. Lloraba y lloraba mientras me decía que ojalá fuera un sueño y luego yo mismo me aseguraba en la pesadilla que no, que esto no era un sueño. Desperté pero por unos minutos no me di cuenta que había estado soñando. El dolor que todavía sentía era tan intenso que comencé a llorar. A los pocos minutos volví a la realidad donde mi hijo estaba vivo. La sensación de haber perdido a un hijo la tuve durante todo el día de ayer. Solo la satisfacción de haber conocido esta mañana a Pep Guardiola ha hecho que despareciera el mal gusto de la muerte.

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