Virginia

El sueño me tiene paralizado. Los párpados me pesan, no puedo mantener los brazos en el volante. Las piernas las tengo dormidas y los pies hinchados tras 16 horas sin parar de conducir. Son las cinco y ocho de la mañana, domingo. Los cristales de mi auto están fríos, empañados también por el calor que desprendo. La carretera es de dos vías, amplía, rodeada de un bosque denso de hojas marrones, rojas y amarillas. La lluvia es ligera. La niebla es suave. Es un trayecto solitario. En las últimas horas me he encontrado con escasos autos. Atrás quedó el letrero de Emporia a 8 millas. A lo lejos veo una mancha blanca que no puedo descifrar entre la niebla. Es brillante y a medida que me acerco va tomando forma de persona caminado a la orilla de la carretera. En pocos segundos la rebaso a toda velocidad. Es una mujer en su vestido de boda. Freno lo más bruscamente posible sin perder el control de mi coche. Me detengo por unos segundos, la puedo ver como camina hacia mí iluminada por una intensa luz roja. Está empapada, descalza y llorando. Al llegar a la altura de mi auto siento miedo pero bajo la ventana del pasajero.

– Hola ¿estás bien?- le digo.
– ¿Puedo?- contesta señalando el interior de mi coche.
– ¿Estás bien? ¿Qué haces sola a estas horas caminando en la carretera? ¿Dónde te llevo?- balbuceo con la boca seca, a penas sin poder tragar.
– Estoy esperando. Más adelante hay un pueblo.- responde serena.

Siento el golpe duro de mi corazón dentro de mi cuerpo. Nervioso y a la vez asustado prendo la luz para verle bien la cara. Puedo ver sangre del lado derecho de su frente, tiene una herida relativamente grande.

– Deja ver, tienes sangre.- le ofrezco un pañuelo. Lo toma sin mucho entusiasmo. Se lo lleva a la frente cubriéndose la cara, mientras, con la otra mano lo aprieta sobre su nariz inhalando con los ojos cerrados, absorbiendo el olor.
– Gracias.- susurra entre el pañuelo y sus manos.

Ya no tengo sueño. La adrenalina surca mi cuerpo hasta encontrar el poro más remoto. Mi mente vuela en busca de una historia que tenga sentido. ¿Qué hace una mujer sola, descalza, en su vestido de boda caminando en esta carretera desierta? Entre tantas dudas, el miedo no me da lugar a preguntar de dónde viene o a dónde. A lo lejos veo unas luces rojas y azules, es la policía. Un aliento de optimismo invade mi cuerpo, ahora podré conseguir la ayuda necesaria para mi inquilina.

– Parece que ha habido un accidente. La policía nos podrá ayudar.- le digo con vigor.

El movimiento de las luces ilumina el sordo paisaje cegándome sin remedio. Bajo la ventana. Cuando a penas estamos a escasos metros del tumulto siento un beso húmedo en la mejilla. Perplejo, la miro de reojo sin saber el motivo de su afecto. Con un movimiento suave, dejando un rastro de aliento caliente en mi rostro, sus labios recorren mi áspera cara hasta llegar a mi oreja.

– En ese accidente he muerto. En ese árbol.- susurra con una voz dulce y sencilla en mi oído.

Despierto del trance causado por sus tiernos labios para encontrar solo mi pañuelo ensangrentado en el asiento. Grito del susto golpeando el volante bruscamente. Ha desparecido. Por suerte no he perdido el control del auto justo cuando paso por delante del coche que se ha estampado contra un árbol. La policía no me ha visto. Trato de tapar mi boca para poder calmar mi fuerte respiración. Mi mente no asimila lo que acaba de suceder. Seguro estaría dormido y las luces de la policía me despertaron alterado. Ha sido un mal sueño. Ya más calmado decido que me detendré en la siguiente área de descanso para comprar café.

Continúo mi trayecto ahora un poco más tranquilo. Que mal sueño, me digo. Más adelante veo el letrero de Emporia a 8 millas. Que extraño pienso, juraría que ya había pasado por este lugar. Estaría dormido claro, me tranquilizo a mi mismo. A lo lejos veo una mancha blanca, la misma que en mi sueño. No puede ser, digo en voz alta. Bajo la velocidad, perplejo y sin aliento paro al lado una mujer descalza, en un vestido de boda, empapada. Bajo la ventana y le grito:

– ¿Estás bien? ¿Me conoces?
– Te esperaba,- susurra abriendo la puerta del auto.
– ¿Me conoces? No entiendo nada. Soñé contigo ahora mismo.
– Tengo frío,- dice recostando hacia atrás el respaldo del asiento.

Estiro mi mano para alcanzar mi chaqueta del asiento de atrás. Se cubre con ella realizando el mismo ritual que hizo en mi sueño con el pañuelo.

– Siempre me gustó este olor,- dice mientras se cubre por completa con mi chaqueta.
– Me estás asustando. ¿Nos conocemos? ¿Cómo te llamas?
– Virginia, pero todos me llaman Caro.- Responde.
– Caro, ¿de dónde vienes? ¿dónde quieres que te lleve?

Como me temía, a lo lejos veo un auto de policía. No puedo creer que haya soñado esto hace unos minutos, ¿estaré soñando de nuevo?

– Caro, ¿qué está pasando? ¿Estoy soñando? No me digas lo que temo. En mi sueño me decías que…
– Sí. Tú querías ver el amanecer pero no llegué a tiempo.

Mi pesadilla se convirtió en realidad. La chaqueta quedó suspendida por unos segundos para caer con suavidad en el asiento. Caro ha desaparecido, esta vez sí estoy despierto. En el suelo está mi pañuelo ensangrentado, en el asiento mi chaqueta mojada. Esto no ha sido un sueño. Lo mejor será que pare y hable con la policía. Bajo la ventana de mi auto. Paro del otro lado del accidente. En el suelo, descalza y mojada hay una mujer con un vestido de boda, parece estar muerta. Es Caro. Su piel dorada la delata. Sí, es ella. Reconozco la herida en su frente, sus labios tiernos, sus facciones suaves. Su pelo negro rizado descansa en el asfalto, sus sensuales ojos marrones están cerrados. Camino despacio hacia la policía, sin hacer mucho ruido. Entre las luces veo dos personas al lado de una camilla donde descansa otra persona, parece un hombre y están a punto de entrar en la ambulancia. Me dirijo hacia ellas, necesito saber que ha sucedido. Una de las personas levanta la máscara de oxígeno del sujeto de la camilla y yo caigo sobre mis rodillas. El corazón se me encoje del susto, las manos se me congelan, no tengo fuerza en las piernas. En la camilla estoy yo, con los ojos cerrados, la cara arañada, cubierto con mi chaqueta, la misma que Caro utilizó hace unos minutos en mi coche. Consigo incorporarme y corro hacia mi auto. No entiendo qué está pasando. No estaba dormido, ¿estaba muerto? No puede ser, no puede ser, como voy a estar muerto si estoy vivo, estoy aquí, manejando, este es mi coche, mi chaqueta, son las…miro el reloj entre mi angustia para ver que marca de nuevo las cinco y ocho de la mañana. Comienzo a llorar de la desesperación. Veo de nuevo el letrero de Emporia a 8 millas. Acelero ansioso de encontrar a Caro caminando descalza por la orilla de la carretera. Freno bruscamente deteniéndome justo a su lado.

– Sube.- le digo apurado.

Los dos estamos empapados. El agua recorre mi cara. Caro recoge la chaqueta del asiento y se acurruca en ella.

– ¿Qué está pasando Caro? ¿Nos conocemos? ¿Estoy muerto?
–  Tú querías ver el amanecer, por eso seguiste manejando. No quisiste parar a dormir,- dice Caro con sus ojos clavados en mi rostro.
– ¿Y el vestido? – le pregunto intrigado.
– Ayer nos casamos. Este es el comienzo de nuestra luna de miel.
– ¿Estoy muerto? – pregunto sin mirarla.
– Tienes que abrir los ojos. – me dice.

El pulso estaba sereno, la presión estable. La habitación era de colores claros, tranquila. Miré a mi alrededor sin encontrar señales conocidas. Mi chaqueta descansaba sin manchas en el perchero, sin rastro de sangre o agua.

– Ha estado tres días en coma, tuvo un accidente de auto. Ahora descanse.- Dijo la enfermera de turno.

No quise cerrar los ojos de nuevo para no regresar a esa pesadilla interminable. No recordaba el accidente, ni como había llegado hasta este hospital desolado. Tampoco creía conocer a ninguna mujer llamada Virginia o Caro. Pude salir sin hacer muchos trámites y a las pocas horas después de despertar estaba montado en mi auto todavía sin reparar, de camino a casa. Al conectar el GPS vi que estaba en Emporia, el pueblo que aparecía en mi sueño. Reprogramé el aparato para encontrar la ruta a casa, el cálculo resultó en 16 horas de trayecto. Incrédulo y confundido emprendí el camino siguiendo las instrucciones. Unos minutos después de haber salido del pueblo vi a lo lejos una figura caminar al lado de la carretera. Mi corazón se aceleró. Me froté los ojos. No lo podía creer. Detuve el auto a su lado.

– ¿Caro?- le dije asustado.
– Te estuve esperando- me dijo. Pasé horas caminando esta carretera desierta, sola, descalza, empapada. Ahora maneja que esta vez sí podremos ver el amanecer juntos.
– ¿Estamos muertos? – le pregunté.
– O vivos para siempre,- susurró.

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