Archivo mensual: diciembre 2009

Adiós 2009

A pesar de la inmensa felicidad y nerviosismo que siempre siento las últimas horas del año, no puedo dejar de pensar en la otra mitad de mi familia. Ya desde pequeño me tuve que acostumbrar a pasar las fiestas con la familia dividida, entre los de Mallorca y los de Murcia. A medida que creces, te casas y las familias aumentan por lo que se hace casi imposible pasar una navidad sin extrañar a alguien, y eso me pone triste. Y no es que los que están no son suficientes, no tiene nada que ver con los presentes sino con los ausentes.

Si vamos a España, extraño a mis cuñados, a mi suegra y amigos de Miami. Si nos quedamos en Miami, entonces extraño a mis tíos, mis primos y mi abuela. Para el 2010 pido una Navidad aquí en Miami donde organizaré una fiesta en mi casa para vengan mis tíos Sebas y Capote, mis tías Carmen e Isidra, mis primos Miguel, Lucía, José, Cande, Joaqui y su futuro y Juan Carlos, mi abuela Rosalía. Quisiera que vengan mi suegro Luciano, las tías Guili y Tere con todas sus familias, mi suegra Leda con Larry, toda mi familia de Miami y ya que estamos Silvio, Iván, Julito, Rafa, Mati, Moni y muchos más.

De momento trataré un año más de disfrutar con la familia que tengo a mano, y seguiré extrañando la que está más lejos.

¡Feliz año a todos!

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El poco sabor de la tele

Mi aburrimiento terminó anoche entre la maquinilla de afeitar y un buen puñado de jabón líquido. Luego, ya bien fragante y relajado en el sofá con Lari, vi el ultimo capitulo de V que tenía descansando impaciente en el tivo.

Como la fruta, el marisco y muchas otras cosas de este país, la serie V tiene muy buena pinta pero escasea de sabor. Las naves espaciales son grandes y espectaculares como los tomates de Publix. La jefa de los Visitantes se ve sabrosa y con buenas curvas como la langosta de Isla Morada, pero una vez te adentras en la degustación del personaje descubres que si no la bañas en mantequilla no sabe a nada. El primer capítulo fue tan corto y falto de material como el aperitivo de los restaurantes caros. Puedes pinchar toda la comida en dos dientes de un tenedor y una vez terminado de tragar sin masticar no supiste si lo que probaste fue un Hot and Cold Foie Gras with Mango o un Tartar of Diver Scallops. Recuerdo disfrutar la serie cuando era niño como disfruto la tortilla al día siguiente, fría y difícil de tragar. Así era aquella primera versión, difícil de masticar al ver a los Vs comer ratones. Los siguientes capítulos de esta nueva aventura en ABC me dejaron con cierta desilusión tras haberlos vistos ansioso e intrigado, a la espera de recordar algún sabor conocido. Similar a la sensación de la paella de Casa Juancho u otro osado lugar que dice saber hacerla, la recibes con la expectativa de que tendrá el sabor de la de casa. Adornada con su arroz amarillo, su pimiento rojo, su pollo y su marisco simétricamente distribuidos pero al probarla compruebas una vez más la terrible decepción que encierra la afirmación que para una buena paella hay que usar buenos ingredientes.

Y lo peor de todo es que la televisión interactiva no ha inventado todavía el echarle algo de especias o picante a la serie que peque de sosa. Alguna escena de sexo que muestre algo de sazón, o una matanza de un V donde se deguste su relleno alienígena. En la mayoría de los casos, en la tele como en la cocina, tenemos que salir de esta frontera para disfrutar de algo jugoso.

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Aburrido casi deprimido

Hoy tengo uno de esos días donde no me apetece hacer nada. De esos días donde la barba se acumula y no hay nada más cómodo que unos boxers amplios. Temprano en la mañana abrí la página treinta del Premio Nobel de Literatura de 2009, En tierras bajas de Herta Müller, para cerrarlo en la treinta y tres. Mientras leía en el sillón que nos regaló ayer mi cuñada, colocado entre dos ventanas en una esquina vacía de la casa, pensaba que necesitamos algo para colocar los pies. No sé si es hereditario o una malformación pero no puedo leer si no tengo los pies en alto. Recogí la cocina que ayer había quedado hecha un desastre tras el exitoso Bouef Bourguignon de Lari, y justo a la mitad del proceso me aburrí. Me fui al sofá. Abrí varios sitios en la computadora, los cerré, más de lo mismo, no hay noticias originales. Jugué una partida al Madden, me dio hambre. Preparé la barbacoa para hacer dos hamburguesas. Las cociné, corté el tomate, la cebolla, preparé una salsa rosa y ya no tenía hambre. Dormí en el sofá. Me despertó el aburrimiento. Jugué otra partida al Madden, perdí. Volvía a Herta pero esta vez me senté en el sofá de tres piezas que le compramos ayer a mi cuñada. Mirando hacia el jardín recordé que tengo que limpiar la piscina. Mientras pensaba cuándo la limpiaría me aburrí y cerré a la señora Müller. Volví al sofá. Pensé que hoy no tenía nada que contar, que estaba muy aburrido, casi depresivo. Entonces decidí contar precisamente eso pero ya me aburrí.

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La planta enredadera

Hoy aprendí a hacer un arco con alambre para una planta enredadera. Mientras observaba con atención el recorrido del filamento que mi padre había construido, no pude espantar la grata sensación del saber. El saber hacer algo. El estar convencido de realizar una faena con certeza. Mi padre sabe hacer muchas cosas con fe de que las está haciendo bien. Yo lo observo y aprendo. Desde que tengo uso de memoria ese ha sido el ritual, observar y aprender. Esta mañana clavamos las maderas que faltaban a la valla de mi casa. Yo le daba a mi padre los clavos en su mano, justo donde él me los pedía. Un hilo de satisfacción se hincaba en mí con cada martillazo que daba mi padre a la vez que pensaba que la próxima ocasión yo ya sabré arreglar mi valla.

Después, mi hermano gritó. Era su cuello que había decidido torcerse y no moverse por un rato. Yo seguro de mi mismo, llamé al Dr. Marulanda. Resuelto el percance del cuello continuamos con la valla. Arreglamos la puerta, cortamos las maderas disparejas, clavamos las que estaban sueltas y yo siempre aguantando con firmeza o dando clavos en el lugar exacto de la mano de mi padre. La confianza aumenta a medida que trabajas con convencimiento. La autoestima crece. Una leve sonrisa se acurruca en tu cara. Embalado decidí limpiar la piscina, toda una borrachera de autoestima porque en esta faceta tengo ya un doctorado. Coloqué la manguera, giré la llave a waste, aspiré el fondo, hice el backwash al filtro, derramé el cloro y el ácido, eche a andar el motor. Mi padre seguía trabajando cuando me dio hambre. Seguro de lo que hacía, corté dos cebollas, cuatro ajos, un poco de aceite y en una sartén se bañó todo junto con una carne molida. La convicción de los farfala a la boloñesa no se empañó por el único momento de duda que tuve, cuánta sal le debo poner. Es la gran pregunta de todo chef aprendiz. Por suerte el recurso de catar siempre es útil. Controlados los dos fuegos, en uno la pasta, en otro la salsa, salí a la entrada de la casa a ver como marchaba la faena de la planta enredadera. Fue entonces cuando descubrí el proceso para conseguir un buen arco.

Cuatro puntos de apoyo, dos clavos en la madera de la jardinera del suelo, dos arriba en la viga del porche haciendo un rectángulo. La punta del alambre se ata a un clavo de abajo, subes hasta el clavo de arriba, lo rodeas y sigues paralelo a la viga para llevarlo hasta el clavo opuesto de arriba, lo rodeas y bajas al clavo de abajo, lo rodeas y subes unos dos metros de altura. Aquí es donde viene la parte difícil. Haces un ocho pasando el cable por si mismo para cruzar al lado opuesto, haciendo así el marco del arco. Al otro lado realizas otro ocho para bajar el alambre hasta llegar al punto de partida. Un buen nudo, enredas la planta y listo.

Qué satisfacción. Consejo de mi padre: dejas crecer la planta. Las ramas largas, las más fuertes, las guías por el alambre, las otras simplemente las cortas.

Hoy aprendí una cosa más, disfrutando de la gran sensación que deriva al realizar una labor con seguridad, aunque solo haya sido poner un clavo en la mano de mi padre.

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Un cocodrilo se comió a mi hijo

Hoy he soñado con Pep Guardiola. Ayer un cocodrilo se comía a mi hijo mayor. Bajaba yo al lobby de un hotel cualquiera, pequeño, con un solo empleado en la recepción, cuando Guardiola, con sus manos en los bolsillos y una chaqueta fina de lana, entraba por la puerta con cara de preocupación. Hombre, don Pep Guardiola le dije mientras rodeaba su mano con las dos mías. Continué diciéndole al estratega del Barcelona: es un placer y un honor saludarlo. Es un orgullo para España, yo soy de Mallorca pero español ante todo, y no solo por su labor deportiva pero por su coherencia y sentido común al hablar es usted un orgullo, una buena representación. Después de soltar mi discurso, donde también conseguí insertar que era periodista, a lo que él replicó: Ah, es usted un amigo, cosa que no entendí muy bien, continúe insistiendo en lo bien que habla y el buen ejemplo de la retórica que da en un mundo, el deportivo, tan escaso de mentes bien habladas.

La noche anterior estaba yo jugando con un cocodrilo en una especie de piscina artificial, esas de agua turbia, suelo marrón y bordes inclinados como las que hay en los zoológicos. Creo que estaba tratando de revivir a un cocodrilo con una rama, que al parecer estaba muerto. Como describió muy bien mi cuñado José, you were bothering him. He was just sleeping. Exacto, estaba vivo y yo lo estaba poniendo de mal humor. Al girarme para buscar otra rama más larga vi a Lari dentro de la piscina, en la orilla, empujando un pequeño bote con mi hijo mayor dentro de el. Justo en ese momento el dinosaurio abrió su boca y uno ojo. Yo grité del otro lado pero fue demasiado tarde. El animal mordió a mi hijo en el torso. Toda la parte izquierda de su pequeño cuerpo estaba enterrada en su boca. Lari tiraba del brazo que quedaba libre mientras gritaba sin control. Yo corrí hacia ellos pero solo pude ver la cara de mi hijo mientras desaparecía en el agua, sus ojos clavados en mí. Sin llorar, sin expresión de miedo, la imagen de su cara que no puedo sacar de mi cabeza era una imagen tranquila, serena, quizá porque ya estaba muerto. Lloré todo el sueño, lloramos. Lari y yo no parábamos de llorar. Ella trataba de consolarme por haber intentado de salvarlo, yo estaba orgulloso porque no la culpaba por haber metido al niño en la piscina. Buscábamos un momento positivo en esa tragedia. Lloraba y lloraba mientras me decía que ojalá fuera un sueño y luego yo mismo me aseguraba en la pesadilla que no, que esto no era un sueño. Desperté pero por unos minutos no me di cuenta que había estado soñando. El dolor que todavía sentía era tan intenso que comencé a llorar. A los pocos minutos volví a la realidad donde mi hijo estaba vivo. La sensación de haber perdido a un hijo la tuve durante todo el día de ayer. Solo la satisfacción de haber conocido esta mañana a Pep Guardiola ha hecho que despareciera el mal gusto de la muerte.

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Sí, estoy gordo

Esta mañana en el parque vi una niña con cáncer. Hoy me levanté más gordo que ayer. Fue por eso que decidí volver a correr. Después de tres meses entrenando para una media maratón (21K-13.2 millas) me lesioné el abductor o el aductor (no sé bien cual) de la pierna derecha jugando a fútbol. Pues hoy, después de casi un mes sin correr por culpa de la lesión decidí regresar con seis millas para ir recuperando la forma. A los veinte minutos mi hermano y Leah me habían dejado atrás, o más bien les di permiso para abandonarme, al darme cuenta que todavía no habían roto a sudar. Sorteando los niños con bicicletas y los patos vagabundos, esos que tienen una lagaña roja pegada en un ojo, conseguí dar la vuelta completa por el caminito asfaltado. Con un leve cojeo por el dolor en la ingle, un pinchazo a la altura del pecho izquierdo, con todo la liga de lacrosse femenino mirando mi barriga y sus 20 libras de excedente dando brincos, los ojos entre cerrados por el sudor amargo y sucio que se deslizaba de mi pelo con casi veinticuatro horas sin lavar, decidí detenerme. Fue ahí cuando la vi. No tendría más de doce años, sin pelo, sentada en una sábana a la sombra de un árbol. Too much turkey? me preguntó el adulto que la acompañaba al verme escupir al suelo, doblado con mis manos en las rodillas. I´m too fat, le dije. Ahí fue cuando me di cuenta de mi insignificante enfermedad. Me di cuenta de la trivialidad que me atormenta. Y no porque la obesidad no sea un problema serio, sí. Sino porque capté el doble sentido del padre de la niña que jugaba con una rama sin flores a la sombra de un árbol. You can do something about it, dijo. Claro, seré estúpido. Cómo me atrevo a presentar semejante conflicto intrascendente cuando a su hija le quedarán algunos días para morir.

Cojeando hacia casa pensé que la niña quizá nunca pueda disfrutar de las amarguras y comedias de la vida. Nunca podrá romperse el brazo por lo que no será la más envidiada de su clase por la escayola firmada. No podrá suspender dos en junio, ni sentir el alivio al aprobarlas en septiembre. Su novio no le pondrá los cuernos, ni se enamorará a primera vista de su futuro marido. No pasará 24 horas de parto, ni dará pecho a su primer hijo. No deberá diez mil dólares en su tarjeta, ni dormirá satisfecha al comprar su primera casa. Mientras pensaba todas las cosas que se perderá esa niña, el dolor de mi ingle se fue disipando. Seguiré quejándome de esta situación de tan fácil remedio si mi único tormento es que estoy gordo.

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¿Qué te trajo Santa Claus?

A mí dieciosho pare eh carcetine. Pero estos calcetines son especiales, son todos negros e iguales. Resulta que ya desde hace unos años todos mis calcetines negros se desparejaron. Unos con rayas rojas, otros más apretados, otros con una línea blanca, otros con unos bordados azules, otros con la punta de los dedos marrones y muchos, por no decir todos, con agujeros por donde asoma la uña del dedo gordo. Todos vivían entre la ropa sucia, la lavadora o secadora, en los dos cajones de la mesita de mi cuarto o por los diferentes bultos de ropa limpia que descansan por la casa, pero nunca encontraría dos calcetines iguales juntos. Después de varios intentos fallidos por reconciliar a los apestosos amantes decidí vivir al más puro estilo swinger, cada macho compartiendo su hembra. Aún así mis mañanas empezaban con un intento frustrado por encontrar dos calcetines iguales para de inmediato desistir y conformarme con aquellos dos de cierto parecido. Los negros más claritos desgastados por el uso iban con los azules oscuros, por la similitud en la tonalidad. Los de líneas gruesas con otros de algunas líneas pero no tan gruesas. Los del caballo blanco en lo más alto, a la altura de la canilla, con los de la línea roja o blanca, ya que el pantalón cubría los diseños. Los de bordados azulitos con otros de un diseño bien gay que no conjuntaban ni para el diseñador más sicodélico. Esos días más disparejos me cuidaba mucho de no cruzar las piernas para no delatarme ante los compañeros de trabajo. Y es que yo no cruzo las piernas con la corva sobre la rodilla, por cuestiones de flexibilidad creo, sino con el lateral del pie sobre la pierna opuesta, exponiendo a los más observadores mi dispar combinación.

Así es que decidí contarle a Santa Claus mi problema de muy fácil solución. Dieciocho pares de calcetines, todos negros y todos iguales. A la basura los desgastados, los de rayas gruesas, los de líneas blancas y bordados gays. Ahora ya no importa qué macho baila con qué hembra. Ahora ya podré por fin cruzar las piernas con tranquilidad.

PS: Gracias también por el cortador de pelo para las narices y orejas, clara señal de que estoy creciendo. Y los seis tazones para el cereal, mi gran pasión. Ahora siempre habrá uno limpio cuando me antoje de Captain Crunch.

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