La casa de mi abuela

Era la típica casa de pueblo del sur. Fachada estrecha, puerta de metal, el techo bajo en la primera planta y muy alto en las habitaciones de arriba. Aquí habían nacido y muerto generaciones y generaciones de mi familia por parte de mi madre. Mi primo, siempre interesado por las cosas antiguas, había pasado horas y horas durante los veranos en la iglesia del pueblo haciendo el árbol genealógico de la familia. Ahí había descubierto que la casa tenía más de cuatrocientos años. En ella había vivido toda una generación familiar de mi abuela que ni siquiera ella conoció.

En invierno el pueblo se congelaba. La casa mantenía el calor de la chimenea hasta bien avanzada la noche, pero una vez que menguaba el fuego, el frío penetraba las gruesas paredes de yeso y la estadía en ese caserón antiguo se hacía insoportable. Recuerdo todavía el humo que salía de mi boca en las mañanas. Yo seguía arropado en la cama, manteniendo los últimos grados templados que quedaban en la casa bajo mis mantas. Me negaba a comenzar mi día para no enfrentarme a la fría habitación. La casa estaba en la falda del cerro, allí donde descansaba, imponente, el Santo que vigilaba sin fatiga el pueblo. Dicen los más viejos del lugar que el Santo lo subieron pieza a pieza, a mano a principio de siglo. Medía más de veinte metros, era blanco y tenía los brazos abiertos. Se divisaba desde cualquier parte del pueblo, o para ser más exactos, él podía ver todos los rincones del mismo. Su expresión cómplice guardaba todos los secretos oscuros que habían manchado la historia del pueblo los últimos cien años.

La casa de mi abuela podía llegar a ser algo tenebrosa, sobre todo cuando se ponía el sol. En la habitación donde yo dormía con Lari había muerto mi bisabuelo, un primo hermano de mi abuelo y también los abuelos de mi abuela. Seguro murieron muchas personas más, pero estos cuatro eran los que recordaba mi abuela. Mi abuelo había estado muy enfermo en esa cama pero fue a morir al hospital de la ciudad más cercana. Por todos estos difuntos, por el armario viejo y pesado con puertas de espejo, por el cristo ensangrentado que vigilaba el espacio colgado en el cabezal de la cama, por el Santo del cerro que observaba a través de la ventana y sobre todo, por la oscuridad absoluta que invadía la habitación, las noches se hacían largas, muy largas.

En Navidad, toda la familia invadía la casa de la abuela. Mis padres dormían en una de las habitaciones de arriba. Mi abuela, mis hermanos, mis primos y mis tíos en la otra gigantesca habitación del fondo, que algún día sirvió para guardar leña y colgar las morcillas. A Lari y a mí nos tocaba siempre la habitación de abajo, la misma donde habían muerto y descansado los ataúdes de todas esas personas que nunca conocí. Tras las largas y altas en calorías cenas nos sentábamos al pie de la chimenea a contar historias familiares, chistes, algún que otro cuento de miedo pero sobre todo nos reíamos mucho. Todo era muy agradable aunque había un problema. La diversión duraría mientras la leña ardiera. Una vez consumida casi en su totalidad se apagaban todas las luces y cada uno partía para su cuarto. Mi nerviosismo comenzaba a aflorar en el momento que el último tronco se hacía ascuas, esa era la señal que indicaba el final de la noche y para mí, el comienzo del terror en la oscura y fría habitación.

Esa noche la recuerdo como la más fría de todas. Las ascuas comenzaron a perder su color naranja intenso y uno tras otro todos los miembros de mi familia desfilaron hacia sus habitaciones. Lari y yo decidimos por fin ir a dormir. Los pies descalzos me ardieron a pisar el suelo frío de la habitación. Una vez se apagaba la luz, la oscuridad era tan intensa que los ojos me dolían. Durante unos minutos veía millones de estrellas resplandecientes correr por la oscuridad del lugar, poco a poco iban desapareciendo. A lo lejos se escuchaba un silbido. No era más que el sonido del silencio. En esa oscuridad, tapado hasta los ojos, mis piernas entrelazadas con las de Lari, un silencio absoluto y los recuerdos de todos esos muertos que una vez estuvieron sobre esta cama, era inevitable que la mente empezara a viajar hasta lo más profundo de mis miedos. Por suerte conseguí dormirme aunque no recuerdo en que momento. De repente me despertó el sonido sordo de la puerta. Fue extraño porque no vi entrar ni una gota de luz de la sala, aunque escuché de nuevo el sonido escaso de la puerta de la habitación al cerrarse. Abrí los ojos lo más que pude. Pensaba que si los abría bien grandes y los achinaba arrugando la nariz y los cachetes podría llegar a distinguir algún bulto en la oscuridad. Con las dos manos bien apretadas en la manta a la altura de mi cara continué con el ejercicio visual, los abría y los cerraba, los abría y los cerraba. Por momentos me pareció ver un bulto pero abrí los ojos de nuevo y despareció. Mi corazón iba tan rápido y los latidos eran tan potentes que podía escuchar el bombeo de sangre entre el silencio. Sentía físicamente el movimiento del corazón, lo sentía en el pecho y sobre todo en la garganta. Entonces comprendí porque se hace difícil tragar saliva cuando tienes miedo. Es el corazón que con sus latidos va escalando tu cuerpo para salirse por el orificio más cercano, la boca. Mi corazón estaba invadido por el miedo y se aceleraba cada vez más. Yo, al contrario, estaba paralizado, inmóvil, solidificado sobre la cama también atrapado por el miedo. El sudor frío que ya reinaba en mi cuerpo empezó a empapar mi pijama de lana.

Intenté tranquilizarme. Si bien había escuchado la puerta, no había escuchado ningún otro ruido dentro de la habitación. No pude relajarme porque sentía la presencia de alguien o algo en el cuarto. Tuve la lucidez para pensar que sería mi mente invadida ya por el miedo, pero la presencia de alguien al lado de la puerta era cada vez mayor. De repente Lari se giró hacia mí en la oscuridad y me abrazó con todas sus fuerzas. Temblaba muerta de miedo. Todo su cuerpo se movía atrapado por el terror. Sus manos ya me estaban empezando a hacer daño apretadas en mi espalda. Susurrando me dijo al oído. Hay alguien en la habitación. Hay alguien en la habitación. Enciende la luz por favor. Su voz se cortaba por la intensidad en su respiración. Enciende la luz por favor, me dijo de nuevo. Lo intenté con todas mis fuerzas pero estaba completamente paralizado. Ahora el miedo era espantoso. Sentí que mi cuerpo no pesaba nada. Sentí que levitaba unos centímetros sobre la cama. Pudieron ser dos cosas, o mi alma se marchó aterrada o mi sangre se había evaporado tras el pavoroso episodio que estaba viviendo. El caso es que el terror que sentí en la voz de Lari hizo que perdiera la poca lucidez que me quedaba. Entonces sucedió algo que paralizó el único músculo que todavía palpitaba en mi cuerpo. Mi corazón se paró por unos instantes. Dejé de respirar. Los ojos me dolían de tan abiertos que estaban. Ese algo que sentía parado en la puerta comenzó a caminar hacia nosotros muy lentamente. El sonido de las pantuflas de goma gastada arrastrándose por el suelo liso era inconfundible. Los pies no se despegaban del suelo, solo muy lentamente, se arrastraban el uno tras otro por la habitación. El ruido se detuvo a los pies de nuestra cama. Lari temblaba más que nunca pero no dijo nada. Yo seguía sin respirar y ahora mi corazón desprendía un latido fortísimo a un ritmo muy lento, él también estaba paralizado. Sentí que algo nos observaba al pie de la cama. Encogimos las piernas con todas nuestras fuerzas y apreté aún más la manta sobre mi cara. Pasaron unos minutos y conseguí sacar un brazo de debajo de las cobijas para alcanzar el interruptor de la luz. La encendí con un movimiento seco a la vez que con una gran rapidez regresaba mi brazo a lugar seguro bajo la manta. La luz invadió el cuarto. Para mi sorpresa Lari dormía profundamente a mi lado, ya no temblaba y su respiración era lenta y tranquila. Al parecer nunca me abrazó ni me susurró nada al oído por más que yo estuviera convencido de ello. Me senté en la cama de un salto. Sentí un frío tremendo. La cama estaba empapada de sudor al igual que mi pijama. No había nadie en la habitación. Lari despertó y me dijo con convicción. Fue una pesadilla amor, apaga la luz. Eso hice.

De nuevo, por suerte conseguí dormirme aunque tampoco recuerdo en que momento.

A la mañana siguiente me despertó el sonido de las sartenes. El golpe seco de la puerta del refrigerador de la cocina estremecía la casa. Me dio hambre. La habitación estaba algo iluminada, ya no lucía tan tenebrosa como horas atrás. Descubrí una esquina de las mantas que me cubrían, suficiente para sacar las dos piernas y poner los pies en el suelo. Sentí de nuevo un frío afilado en los pies.

Al incorporarme y bordear la cama vi que descansaban un par de pantuflas viejas bien colocadas una al lado de la otra. Estaban en el mismo lugar donde sentí la noche anterior que alguien se había detenido, pero no estaban ahí cuando nos acostamos. Su suela de goma lisa estaba gastada. Me las puse y sentí que estaban calientes, como si alguien las acabara de usar. Arrastré los pies y reconocí el sonido que me había horrorizado unas horas atrás. Salí a la sala. Las pantuflas me venían un poco grandes, pero agradecí el calor en los pies. Entonces mi abuela dejó de hurgar en un cofre viejo que tenía abierto entre sus piernas. Resignada porque sabía que el travieso de mi abuelo había vuelto a hacer de las suyas esa noche. Enfadada levantó la cabeza y gritó sabiendo que la respuesta nunca llegaría.

– ¿Quién ha vuelto a mover las pantuflas del abuelo?

1 comentario

Archivado bajo Cuento, Curioso

Una respuesta a “La casa de mi abuela

  1. ¡Tanto horror me provocó una risa incontenible!
    Sin embargo me atrajo tanto el título que no pude detenerme…
    ¿De qué pueblo hablas, por cierto?
    ¡Saludos!

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