Jamaica, una joya pedirda en el Caribe

Llevo dos días en Kingston, Jamaica y estoy afectado por el contraste entre la belleza del paisaje y la dejadez en que se encuentra la ciudad. He viajado por diversos lugares del continente, conozco varias zonas de México, he visto el tercer mundo en primera persona en Indonesia, pero Jamaica los supera a todos en decadencia.

Por lo general en todos estos lugares que les he mencionado hay una gran diferencia entre las zonas pobres y las zonas turísticas. La pobreza es mayor en Bali que en Jamaica, pero la zona de Nusa Dua (donde se encuentran los hoteles cinco estrellas) refleja el flujo de capital turístico. El contraste con el resto de la isla es grande, pero a pesar de la miseria, existe un espíritu de conservación de lo propio.

Esto no pasa en Jamaica, por eso digo que más que pobreza es dejadez y miseria compartidas. Las zonas turísticas de la capital están en un estado de abandono, el resto de la ciudad es deprimente. El dinero del turismo no se queda en Jamaica. Las grandes corporaciones pertenecen a extranjeros que no invierten en la mejora de la isla. La deuda externa es tan grande que el propio gobierno vive hipotecado sin poder mantener a flote su ciudad. Aún así la belleza rodea la miseria de la ciudad de una forma tan peculiar que no deja de atraerme.

La pobreza es tremenda. Niños descalzos, sin camisa pedaleando sus bicicletas que en cualquier momento pueden caer desmontadas. Cientos de personas sentadas en la calles, sin hacer nada, hablando, fumando y con ojos de abandono, se han rendido ante el sistema. Mujeres muy jóvenes cargando niños en pañales. Los huecos en las calles parecen llevar años ahí, erosionados por el tiempo y la lluvia. El calor y la agobiante humedad ralentizan todo. Las gallinas escarbando en las montañas de basura que se acumulan en las esquinas. Las cabras cruzando las calles buscando un trozo de pan duro que no le sobra a nadie. Los perros, desnutridos y cojeando, tienen el aspecto de ser más callejeros que en otros lugares. Los olores me impactan al recorrer las calles destrozadas por el paso del tiempo. Aceite quemado, comida frita, grasa, en cada esquina de los barrios pobres. Puestos de comida ambulante sucios, cocinando en barriles metálicos bajo unos toldos viejos de plástico para protegerse de las abundantes lluvias. El olor a tierra mojada no desaparece nunca al igual que la marihuana. 

A pesar de todo, la belleza es insuperable. Hay algo del paisaje, de la gente, que me atrae.  Las montañas tupidas por la espesa selva, imponentes, vigilan el atardecer en la bahía. El rojo ha invadido el ambiente. El sol, a escasos minutos de desaparecer, se deja ver entre unas gigantes nubes rojizas que marcan una  bella silueta al otro lado del puerto. Unos barcos de carga oxidados esparcidos por el lugar, el dibujo de las casas en la ladera de la montaña y el olor al agua del mar me hacen olvidar la necesidad del lugar. La humedad ha desaparecido. La noche trae una cierta esperanza tras un día de un intenso sol, un brutal calor. Las sonrisas, los ojos, la piel, la amabilidad y la belleza innata de la mujer jamaiquina superan los límites de lo exótico. Un paraíso, una joya perdida en las aguas del Caribe.

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