Archivo diario: Jueves, 28 agosto, 2008

Pánico en Jamaica

Son las once de la noche del jueves en Kingston, Jamaica y las cosas se están poniendo bastante feas. La tormenta tropical Gustav está en estos momentos justo encima nuestro. Los vientos son terribles, para ser sincero, parecen mayores de las 70 millas por hora como reporta el Centro Nacional de Huracanes. Estamos atrapados en el hotel. El aparcamiento está inundando con más de un metro de agua. Los autos cubiertos por encima de la puerta. La piscina se desbordó hace dos horas. El patio completo está inundado. Ahora mismo los empleados de seguridad del hotel están tumbando a martillazos la pared de la casa del vecino que es una de las cuales está haciendo de presa y manteniendo parte del agua de este lado del hotel.

Hubiéramos querido grabar todo lo que está sucediendo, poder mostrarlo en vivo. Clandestinamente grabamos las habitaciones de los empleados inundadas, los pasillos encharcados llenos de toallas. Salimos por la escalera de incendios para grabar el aparcamiento. Nos tuvimos que esconder cuando vimos, al fondo del pasillo, aparecer al manager que nos prohibió filmar. Desde mi terraza grabamos como tumbaban la pared. La luz es pésima, no sabemos como habrá quedado la imagen. Al regresar por el pasillo hacia la habitación de José fuimos descubiertos por el manager y dos guardias de seguridad, nos escoltaron hasta nuestras habitaciones y nos dieron las buenas noches.

El complejo está situado en la parte baja de una calle y el torrente de agua que baja por esa calle es tremendo. Las personas de mantenimiento, hombres de 6 pies de estatura, no pueden mantener el equilibrio por la fuerza del agua. La peor parte se encuentra en la zona de atrás del hotel, de casualidad justo donde da mi terraza. Las casas de enfrente están inundadas hasta pasada la altura de la ventana. La pared de esa propiedad la están tumbando con un martillo. Es impresionante ver la cantidad de agua que desciende por la calle y la fuerza que lleva.

En el hotel las condiciones son precarias. La planta baja, donde duerme el servicio, está totalmente inundada. Conseguimos filmar los empleados, forzados a pasar la noche aquí, saliendo de sus habitaciones con las pocas pertenencias que tenían mientras nosotros intentábamos grabar las deprimentes escenas. El agua nos llegaba a los tobillos. Las señoras no daban abasto en el segundo piso secando el agua que entraba por las ventanas. Hay toallas cubriendo todo el suelo.

Horas antes el manager del Knutsford Court Hotel nos negó a José Corcino, el camarógrafo, y a mí dos chubasqueros para salir a grabar nuestro video. No nos dejó grabar en el hotel por lo que tuvimos que salir a la zona inundada. Nos dieron dos miserables bolsas de basura que con el viento nos duraron cinco minutos. Acabamos de agua hasta la ropa interior.

Ahora, ya por fin seco en mi habitación, escucho los gritos de los empleados en la calle que corren de un lado para otro. En su voz puedo adivinar preocupación y hasta miedo. Por los pasillos del hotel las que gritan son las empleadas. También corren en los dos sentidos. Los golpes con el martillo continúan sonando. Ahora se sumaron dos golpes distintos más pero no puedo ver muy bien de donde proceden. El silbido del viento es tremendo, reconozco que estoy un poco asustado aquí sentando en la cama con el ventanal justo enfrente, sin ningún tipo de protección y doblándose hacia dentro cuando viene una ráfaga fuerte de aire.

Se supone que nos marchábamos mañana pero el aeropuerto está cerrado. No tenemos reservación para la noche del viernes y me temo que nos van a echar del hotel por grabar sin permiso, pero hoy fuimos reporteros.

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Jamaica, una joya pedirda en el Caribe

Llevo dos días en Kingston, Jamaica y estoy afectado por el contraste entre la belleza del paisaje y la dejadez en que se encuentra la ciudad. He viajado por diversos lugares del continente, conozco varias zonas de México, he visto el tercer mundo en primera persona en Indonesia, pero Jamaica los supera a todos en decadencia.

Por lo general en todos estos lugares que les he mencionado hay una gran diferencia entre las zonas pobres y las zonas turísticas. La pobreza es mayor en Bali que en Jamaica, pero la zona de Nusa Dua (donde se encuentran los hoteles cinco estrellas) refleja el flujo de capital turístico. El contraste con el resto de la isla es grande, pero a pesar de la miseria, existe un espíritu de conservación de lo propio.

Esto no pasa en Jamaica, por eso digo que más que pobreza es dejadez y miseria compartidas. Las zonas turísticas de la capital están en un estado de abandono, el resto de la ciudad es deprimente. El dinero del turismo no se queda en Jamaica. Las grandes corporaciones pertenecen a extranjeros que no invierten en la mejora de la isla. La deuda externa es tan grande que el propio gobierno vive hipotecado sin poder mantener a flote su ciudad. Aún así la belleza rodea la miseria de la ciudad de una forma tan peculiar que no deja de atraerme.

La pobreza es tremenda. Niños descalzos, sin camisa pedaleando sus bicicletas que en cualquier momento pueden caer desmontadas. Cientos de personas sentadas en la calles, sin hacer nada, hablando, fumando y con ojos de abandono, se han rendido ante el sistema. Mujeres muy jóvenes cargando niños en pañales. Los huecos en las calles parecen llevar años ahí, erosionados por el tiempo y la lluvia. El calor y la agobiante humedad ralentizan todo. Las gallinas escarbando en las montañas de basura que se acumulan en las esquinas. Las cabras cruzando las calles buscando un trozo de pan duro que no le sobra a nadie. Los perros, desnutridos y cojeando, tienen el aspecto de ser más callejeros que en otros lugares. Los olores me impactan al recorrer las calles destrozadas por el paso del tiempo. Aceite quemado, comida frita, grasa, en cada esquina de los barrios pobres. Puestos de comida ambulante sucios, cocinando en barriles metálicos bajo unos toldos viejos de plástico para protegerse de las abundantes lluvias. El olor a tierra mojada no desaparece nunca al igual que la marihuana. 

A pesar de todo, la belleza es insuperable. Hay algo del paisaje, de la gente, que me atrae.  Las montañas tupidas por la espesa selva, imponentes, vigilan el atardecer en la bahía. El rojo ha invadido el ambiente. El sol, a escasos minutos de desaparecer, se deja ver entre unas gigantes nubes rojizas que marcan una  bella silueta al otro lado del puerto. Unos barcos de carga oxidados esparcidos por el lugar, el dibujo de las casas en la ladera de la montaña y el olor al agua del mar me hacen olvidar la necesidad del lugar. La humedad ha desaparecido. La noche trae una cierta esperanza tras un día de un intenso sol, un brutal calor. Las sonrisas, los ojos, la piel, la amabilidad y la belleza innata de la mujer jamaiquina superan los límites de lo exótico. Un paraíso, una joya perdida en las aguas del Caribe.

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