Todo comenzó en Murcia

Recuerdo mis primeros viajes a Molina de Segura, Murcia, desde Palma de Mallorca como una aventura inigualable. Los recuerdo con más fuerza a partir de mis siete años, más en concreto a partir de la navidad de 1983. Siempre en las vacaciones de fin de año. Salíamos del colegio unos días antes del receso navideño para aprovechar bien el viaje. La aventura comenzaba ya desde Palma atrapado en el coche de mis padres en la cola del puerto esperando para embarcarnos en el eterno viaje del ferry hasta Valencia. El barco salía a las 12 de la noche, los nervios de la travesía, el comienzo de las vacaciones y la familia que esperaba, todo se mezclaba con el olor a gasoil, el agua salada y el ruido de los camiones embarcando por la gigante puerta trasera del barco.

La travesía era siempre una condena para mí. Traumatizado (todavía no sé la razón) por los barcos y el mar, a pesar de que me encanta el océano, pasaba las ochos horas de viaje mareado, vomitando y en alguna ocasión, llegué a pensar que me moría. La sensación de sueño, con el frío tempranero de Valencia en diciembre, la ansiedad de bajar del barco y esas calles desconocidas de la capital Che, me daban una ilusión e inyección de euforia ahora indescriptibles. Siempre nos perdíamos para salir de Valencia en dirección a Murcia. Creo que mi padre sufría la misma euforia que yo, por eso, a pesar de hacer el trayecto todas las navidades, la emoción de llegar lo antes posible a casa no le dejaba ver bien las direcciones por las calles de Valencia, ya a esa hora llenas de autos. El trayecto era largo y pesado. Con los años fue mejorando con la construcción de la autopista A-7, pero esos primeros viajes por carreteras angostas y llenas de camiones, hacían que el trayecto fuera todo un peligro para nuestras vidas. Hasta ese año cuatro: mi padre Alfonso, mi madre Carmen y mi hermana Alicia, pero ya esa navidad del 83 mi hermano Alfonsito venía con nosotros.

La llegada a Molina estaba marcada por el olor a ajo. Las fábricas a la entrada del pueblo bañaban toda la zona con ese fuerte aroma, y que todavía hoy, cada vez que lo huelo, viajo sin detenerme a esas navidades. El característico olor a leña quemándose en la chimenea terminaba por confirmar que ya habíamos llegado al pueblo. Por costumbre miraba siempre la señal a la entrada del pueblo que marcaba la población, en esa época eran unos veinte y seis mil. Los nervios que yo tenía, y seguro toda mi familia, al llegar a Gustavo Adolfo Becquer número 22, eran maravillosos. Eran nervios, emoción y ansiedad por ver a mi familia y comenzar la gran aventura de la navidad con mis primos, mis abuelos, las largas comidas, los juegos, las peleas de los mayores, las inocentadas y los regalos de reyes. Los primeros en recibirnos eran mis abuelos, Tomas y Joaquina. La casa era fría, en ese entonces no había calefacción solo una chimenea en el centro de la sala. En la cocina siempre los fuegos andando, para recibirnos era tradición un buen arroz con conejo. Poco tiempo después llegaban mis tíos, Capote e Isi, mis primos Jose y Joaquina (más tarde el campeón Juan Carlos), ya mi abuela se había encargado de llamarlos por teléfono para darles la noticia ¡ya llegaron!

Las comidas eran multitudinarias. Siempre marcadas por los gritos de mi abuela y mi padre, quizá estresantes para algunos, pero a mí me enseñaron a defender mis argumentos y vivir mi vida con pasión. Los juegos eran interminables. Las canicas en la puerta con los vecinos de mi abuela. El escondite por la oscura e inmensa casa con olor a cuero y naftalina. Tirar piedras a los gatos que dormían al sol en los tejados contiguos. Molestar a los conejos y gallinas de mi abuelo era divertido. Pero lo que más me gustaba, y recuerdo a menudo, era perderme en el misterioso sótano de la casa. Un lugar lleno de inesperadas sorpresas, polvo y utensilios, hasta esos días desconocidos para mí. Las ortodoxas motos de mi abuelo, la tinaja llena de telarañas, las herramientas de obra oxidadas, los grandes cofres cerrados con candado con los que yo soñaba que eran de un pirata de un solo ojo y loro en hombro. Los había tenido que esconder al ser perseguido en uno de sus viajes por otro pirata malvado y mi abuelo se los estaba guardando con la esperanza de recibir de recompensa alguna pieza de oro. Más tarde descubrí que estaban llenos de sábanas, mantas y toallas ¡toda una desilusión!

Yo quería siempre dormir en casa de mis tíos. Me encantaba hacer el trayecto en las noches frías, echando humo por la boca, subiendo la cuesta de las tres calles que separaban la casa de mi abuela de la de mi tía. En casa de mi tía me divertía más, sobre todo cuando Jose ya había crecido lo suficiente para ser mi compañero de maldades. Recuerdo un 28 de diciembre que cambiamos el azúcar por la sal, todavía me siento mal por la bronca que mi abuela le echó a mi abuelo tras sus inútiles quejas de que el café estaba salado. O cuando cambiamos el champú por el jabón de lavar los platos. La noche que entramos sigilosamente a la habitación de mis tíos para ponerles pasta de diente en la cara será inolvidable. Aún me muero de risa al recordar la cara de mi primo, inmovilizado con el brazo presionando su estómago, ligeramente doblado y la boca abierta sin poder contener la risa más grande que jamás he visto. ¡Hostias, estos zagales! El susto de mi tío fue de película.

La comida era siempre especial y abundante. A los típicos arroces, con conejo, con pollo, paella, había que sumarle los famosos panecicos dulces con canela de mi abuela para mi padre. Las costillas de cordero en la lumbre de mi tío, la tortilla de patata, el jamón, el queso, las morcillas con huevos fritos ¡mmm, las mocillicas estaban para morirse! La interminable leche con galletas, los dulces, el turrón de Alicante. En esa época mi madre siempre decía que me confundía con el palo de la escoba por lo flaco que estaba. Podía atiborrarme en todas las comidas y seguía igual de flaco ¡qué tiempos aquellos! El viaje se trasladaba a Cancaritx, Albacete, el pueblo de mi padre. Bueno, le llamamos pueblo por ser optimistas pero en realidad es más una aldea o cortijo, o simplemente 20 casas y tres restaurantes a la orilla de la carretera nacional dirección a Madrid. En esa casa deshabitada sí hacía frío. Los días eran secos y con viento, las noches eran largas y criminales, arropados por las infinitas mantas, la cama no llegaba nunca a calentarse. Todos sentados alrededor del fuego veíamos las horas pasar, sin nada que hacer. No teníamos radio o televisión, mientras quedara leña y comida había una razón de estar.

La navidad del 83 será inolvidable para mí y para el resto de los españoles amantes del fútbol. Yo, aficionado a este deporte y al Real Madrid por mi abuelo, nunca olvidaré aquel 21 de diciembre de 1983 en el bar del pueblo de mi padre. Con mi abuelo, sentado al lado de la ventana, la televisión en lo más alto de la esquina de un bar repleto de esperanzas. Gritamos todos los goles de España, uno detrás de otro, los doces goles a Malta. Yo tenía siete años y lloré de la emoción. No sabía muy bien porqué, supuse que habíamos ganado algo, quizá me contagié de las lágrimas de todos esos hombres desconocidos que por primera vez juntos empujábamos la misma camiseta. Hoy, no dejo de emocionarme al ver las imágenes, el último gol de Señor nos da la esperanza de que, si aquella noche se pudo ganar 12 a 1, algún día podemos ser campeones del mundo. Le doy las gracias a mi abuelo por ese momento y por todos los que, en todos estos años, me he emocionado al gritar un gol.

Lo más duró siempre fueron las despedidas. No hubo navidad que mi tío no nos dijera adiós con lágrimas en los ojos.  Para mí era una sensación contrastada entre la añoranza y la esperanza. Añoranza por unos seres queridos que dejaría de ver hasta el año siguiente. Esperanza por volver a mi casa, con mis amigos y mis juegos.Muchísimos recuerdos corren en estos momentos por mi cabeza, tantos que me abruman y enternecen. Recordar un tiempo en el que como niño disfruté al máximo, ahora, como adulto, me hace sentirme vivo. Las memorias marcan nuestro presente y forjan nuestro futuro intentando construir para nuestros hijos hoy, ese gran recuerdo que nosotros vivimos ayer.

Joaquín

4 comentarios

Archivado bajo Relato, Viaje

4 Respuestas a “Todo comenzó en Murcia

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  3. Lari

    Aunque no estuve esa navidad, la morcilla sigue siendo igual de buena y los recuerdos de cada navidad junto a los Duro, sigue siendo una aventura. Pero son una familia increible, con gritos, lagrimas, mucha comida, y sobre todo mucho carino.

  4. Tío Tito

    Recordar es vivir.
    Revivir la emoción que se siente al tener cara a cara a nuestros seres queridos lejanos; el poder abrazarlos y besarlos de nuevo, llorando de alegría; el compartir con ellos los alimentos, los juegos y platicarnos, unos a otros, las experiencias que hemos tenido durante el tiempo en que dejamos de vernos; otras veces, el aconsejarnos sobre la manera en que estamos llevando las cosas que nos importan, etc., todo ello con mucho cariño y respeto por las decisiones que tome cada quien en su vida particular. ¿El secreto?, no compararnos, no criticarnos, no juzgarnos y así disfrutar todos felices y con mucho cariño. Hay que tomar en cuenta que solamente las personas que nos quieren nos dirán los errores que estamos cometiendo, y que nosotros mismos no vemos, para que los enmendemos.

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