Archivo mensual: febrero 2008

El helado de Parchita

Una gota de sudor le resbalaba por su cuello lentamente, y tras deslizarse suavemente, como saboreando su piel, se perdió en su escote. A pesar de que acababa de llegar el verano la temperatura era alta. La humedad hacía a Riana sudar, se sentía pegajosa y el ventilador chiquito de plástico que funcionaba a pilas no era suficiente para refrescar su gentil cuerpo. Su pelo negro rizado siempre estaba recogido en lo alto de su cabeza. Como lo hacía antes de salir de casa en las mañanas, con rapidez y con una goma cedida vieja, varios bucles le colgaban todo el día, como intrusos en su cara, Riana se los desplazaba con grandes resoplidos hacia el cielo. Su piel dorada atraía a los clientes. Sus ojos verdes oliva los enamoraba. Sus labios eran carnosos, finos y siempre estaban mojados por el roce constante de su lengua. Era de facciones finas, dulces pero agresivas. Sus pechos eran voluptuosos, pero sus escotes y sostenes los hacían parecer más grandes aún. Sus piernas eran lisas y tonificadas por sus corridas en el parque los fines de semana. Su falda de flores dibujaba eses con el viento y mostraba, para deleite de los transeúntes sus fuertes muslos. En su oreja izquierda una flor de maracuyá púrpura, que a pesar de no ser la más bonita de las flores, entre su pelo y sus ojos, con su inmensa sonrisa blanca, la exótica flor se convertía en una rosa preciosa.El cartel decía Helado de Parchita y eso era lo único que Riana llevaba en su carrito amarillo. No era muy grande y tenía una sombrilla que la protegía del intenso sol. Se detenía todos los días, a partir de las nueve de la mañana, en la Plaza Conquistador junto a un pequeño trailer donde ella se refugiaba cuando el calor era insoportable. En la puerta de esta caseta portátil Riana había puesto un cartelito que decía “Regreso en cinco minutos”. Desde la ventana del trailer veía a sus clientes impacientes y sudorosos pero por suerte ellos no la podían ver a ella. El dinero que conseguía no era una fortuna pero sí esencial para aportar en casa lo suficiente para que, junto al marido, pagarán la renta, comida y sus escasos caprichos.Nelson, su marido, no quería que Riana trabajara. Que clase de hombre pensarán mis amigos que soy yo si no puedo mantener a mi mujer. Lo cierto es que Nelson no podía mantenerse al el mismo por si solo. Recorría la ciudad vendiendo medicinas naturales y lo que recaudaba al mes a penas era suficiente para pagar la renta. Sus celos e inseguridades lo torturaban a diario. ¿Cuántos hombres te dijeron cosas bonitas hoy? ¿Alguien te propuso algo indecente? Nelson preguntaba con el morbo del que quiere que le digan que sí, que alguien le propuso y ella aceptó. Pero cuanto más lo pensaba más se le retorcía el estómago. Sentía que el corazón se le bajaba al abdomen y comenzaba a latir más rápido. Riana bajaba la mirada y seguía preparando el helado de maracuyá que vendería la mañana siguiente. Los días transcurrían con la misma rutina. Los helados de maracuyá pagaban el cine, las tardes en el Café du Monde y las sábanas nuevas de seda con las que tanto había soñado la preciosa Riana. La chinola se seguía vendiendo y los caprichos se hacían realidad. La cubertería de plata, la secadora que apenas hacía ruido y la bicicleta de siete velocidades que Nelson anhelaba. Aún así, cada noche tras hacer el amor, en las suaves sábanas de seda, el celoso marido cuestionaba si todos esos antojos eran necesarios a costa de que su orgullo fuese pisado.

Los clientes hacían cola, algunos ya gritaban su nombre. “Riana, el calor es insoportable”. Riana abría la puerta con delicadeza y bajaba los dos peldaños del trailer. Cuando aparecía la joven, las conversaciones se transformaban en murmullos y segundos después en silencio. Todos y todas miraban como la preciosa mujer armoniosamente metía la cuchara en el helado, manchando sus delicados dedos, que luego chupaba entre cerrando lentamente sus ojos. Los niños boquiabiertos despegaban su frente del cristal para ver a Riana secarse el sudor de su pecho. Esos momentos eran más refrescantes que la mordida a la parcha. Tras atender a sus sedientos consumidores regresaba a su trailer con un sensual movimiento de caderas. Los ratos en su refugio eran cada vez más largos, pero es que el calor era insoportable. En las noches, el mismo sermón. Nelson y sus celos no la dejaban dormir. ¿Deseaste a algún hombre hoy Riana? Seguro que de entre todos tus clientes tienes favoritos que ni siquiera les cobras. Cansado de escuchar las mismas respuestas de su mujer decidió pasar por la Plaza Conquistador a observar como las víboras avizoraban a su esposa.A la mañana siguiente, Nelson se sentó en un banco al otro lado del parque. Llegaban y se marchaban, todos con una sonrisa y su helado chorreando muñeca abajo. A las once y media observó un movimiento extraño en la puerta de atrás del trailer de Riana. Le pareció que un hombre de traje azul marino y camisa blanca sin corbata salía de él cruzando la calle mirando a izquierda y derecha. Nelson no estaba seguro si ese hombre había salido del trailer o el ángulo lo había traicionado desde la posición en la que se encontraba. Por lo que decidió cambiar de banco, acercándose y colocándose con una vista perfecta a la parte trasera del trailer. Ya no veía el carrito. Veinticinco minutos después confirmó su duda. Otro hombre, de pantalón caqui y camisa azul claro entraba al trailer por la puerta de atrás. A Nelson se le nubló la vista, sintió que se desmayaba, los celos no le dejaban tragar saliva. Echó a andar camino al trailer, sorteando niños, pelotas y niñeras. De repente la puerta se abrió y Nelson se escondió detrás de un árbol. Estaba a escasos metros del refugio de Riana pero algo le dijo que no debía ser visto. Dos minutos más tarde otro hombre llegó al trailer. Nelson se percató de algo que lo traumatizaría. Antes de entrar al trailer, el individuo introducía unos billetes por la rendija del correo. Segundos después la puerta se abría y se cerraba tras el desconocido. Minutos más tarde se volvía a abrir y el hombre se marchaba. El marido celoso cayó al suelo, destrozado y desolado no podía creer lo que estaba presenciando. No pudo confrontar a Riana. Se arrastró hasta casa para esperar a su infiel compañera. En la tarde su esposa llegó con un microondas nuevo y una computadora portátil. Nelson no dijo nada. Cenó, se duchó y se fue a dormir, esa noche no hubo sermón.A la mañana siguiente el marido se puso el único traje que tenía, escribió una nota entre lágrimas y sollozos y se dirigió a la Plaza Conquistador. Llegó hasta la puerta trasera del trailer. Su corazón viajaba a una velocidad indomable, sus manos temblaban sin solución. Consiguió doblar su carta y con gran esfuerzo la introdujo en la rendija del correo. Dio un grito de dolor y corrió. Corrió sin saber donde detenerse. Se alejó lo más rápido posible esperando que el dolor no lo pudiera alcanzar.

Esa tarde, mientras se retorcía en el sillón de la sala, llegó Riana. Su esposa entró en casa y se le acercó. Lo besó en la mejilla y le susurró al oído. “Me sobró helado de Parchita ¿quieres? En el auto está la televisión de pantalla plana. No quedaban de 60 pulgadas como me pedías en tu carta, compré una de 52”. Por Joaquín DuroRegresar a la sección de literatura

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