El Triciclo

Marcos baja las escaleras, antes de llegar al rellano puede ver el triciclo aparcado en el salón de su casa. Es rojo, de ruedas de goma negra, el manillar ligeramente oxidado y manguitos negros con unos flecos que cuelgan casi hasta tocar el suelo. Es su tercer triciclo, aunque los dos anteriores los había ignorado y ahora descansan olvidados en la terraza, éste es especial. Había pertenecido a su primo hasta la presente Navidad y como ya las rodillas le pegan con el manillar, Marcos lo ha heredado.Se abre la puerta y Marcos empuja su triciclo con dificultad, primero para subir el escalón de la entrada y después para bajar los dos del portal. Endereza tímidamente el manillar, mueve su culo hacia la izquierda, luego a la derecha y otra vez a la izquierda buscando la comodidad necesaria. Pone los pies en los pedales, aprieta los dientes, levanta ligeramente su trasero y las ruedas comienzan a girar. En sentido contrario al tráfico pedalea cuesta abajo sin un rumbo estudiado. Deja atrás la panadería de la Flor, el olor a empanada gallega de atún le recuerda que no ha merendado, piensa que de regreso parará a comprar un trozo. A la izquierda, Juan Díaz, el fotógrafo, lo saluda. Recuerda las largas horas que pasaron su padre y su tío en la tienda hablando de la boda del sábado anterior. En la puerta de al lado el olor a papel e imprenta le dice que está pasando por la papelería de los maricones. El santuario de su papá, el Marca, el AS, la colección de El Mundo de la Aviación fueron algunas de las tantas cosa que ahí compró. Joaquín lo sigue 20 metros entre ladridos y babas. El dueño de la ferretería le silba y el perro regresa a la que había sido su casa por los últimos 15 años. Sin mucho esfuerzo y todavía cuesta abajo lee el cartel de Cerrado los lunes en la persiana verde de uno de los bares del barrio.

Dos locales más abajo la tienda Todo a Cien y cuatro puertas en la misma acera la autoescuela del cartel amarillo donde papá pasó tantas horas estudiando para sacar su carné de conducir. Marcos sigue de largo, las ganas no le faltan para parar en la papelería y comprar un bollicao o las mariquitas de chocolate. Unos jóvenes juegan fútbol en el patio del Magdalena Sofía golpeando la pared de la parroquia donde su tío Alfonso hizo la primera comunión. El padre Manolo maldice los pelotazos de los niños. Marcos sonríe, es feliz, siente el viento en su cara, levanta los brazos de felicidad y grita. Los coches le pitan, pues al soltar el manillar el triciclo se acercó demasiado a un Ford Fiesta rojo que subía la cuesta con los cristales bajados y Arquitecto de Sueños a todo dar. La calle de dos carriles escasos, de un solo sentido, ahora se ensancha. Decide seguir en ésta, no le gusta ir por la acera porque tiene que esquivar las mierdas de los perros, y son muchas. Ya llega a la Plaza Barcelona, a la izquierda el campo de fútbol, está viejo pero el olor a hierba fresca todavía perdura, la misma que sintió su padre hace justo 20 años.Más abajo la Plaza Madrid, eso le alegra porque de unos años atrás la hicieron peatonal y ahora podrá dar vueltas con su triciclo sin miedo a ser atropellado. El banco donde los tres gitanos le robaron el reloj a su papá ya no está.Cruza la calle, la puerta vieja de la academia Minerva es la misma, ahí su padre aprendió a escribir a máquina. Ya no hay cuesta, la calle se endereza. Marcos tiene que hacer más fuerza para mover su triciclo, le pedirá a papá que le de aire a las ruedas, están un poco flojas. A la derecha la Iglesia San Sebastián. En la misma acera la tienda donde compró la primera cámara su papá, una Minolta X300s, esa que a veces saca del armario para enseñársela pero que no le deja tocar, diciéndole, cuando cumplas los tres años le ponemos un carrete y hacemos unas fotos. Llega a las avenidas, ahora son 4 los carriles aunque sigue en sentido contrario.Cruza La Riera seca, los institutos a mano izquierda, la tienda de Atari a la derecha. Llega a General Riera, tantos recuerdos para su padre, sigue pedaleando. Gira a la izquierda en la esquina del manicomio, ahora sube a la acera, es amplia y sin mierdas de perro. El descampado donde papá practicó tiro con Arco, el polideportivo, la rotonda y el cementerio por donde su bisabuela atajaba para ir a Prica. Comienza a subir el puente, las luces y música de la feria lo entretienen, le hacen olvidar lo difícil que es subir la larga cuesta en triciclo. Ahora suda, resopla a ritmo aunque ya está cerca de casa. Llega por fin a los dos escalones de su portal, se gira y le pide a su padre con su cortada lengua que quiere más. Éste parece salir de un sueño, mira a Marcos y le dice que mañana darán otra vuelta a la piscina del complejo, ahora hay que darte de cenar, bañarte y a dormir.

Por Joaquín DuroRegresar a la sección de literatura

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