AZ586

La luz fría es escasa pero suficiente para descifrar sus preguntas en el papel. Los barrotes están helados, los siente en sus antebrazos como dos cuchillas oxidadas. En una mano una grabadora sucia, en la otra un cigarro consumido. Un maletín viejo de piel marrón descansa junto a la silla incómoda que se balancea sobre sus patas delanteras. Una gota de sudor se desprende por su patilla izquierda cara abajo. Los nervios no le permiten concentrarse, lee sus preguntas una y otra vez. No sabe por donde comenzar, de momento enfila su pluma y toma sus primeras notas. Del otro lado una cara triste, sin esperanza, que se pierde en la oscuridad de la celda. Una cama infiel, sobre ella descansa una manta gris con olor a muerte. Un espacio reducido, un pensamiento sin alas, un inodoro con la tapa rota y una gota tras otra golpean incesantes el ridículo lavamanos. El rollo de papel a medias, el vaso de metal macizo repleto de colillas. Su entrevistado responde sin dudar, aunque con miedo. Las preguntas se deslizan ahora y retumban en el escaso espacio. De repente el sonido de una sirena los interrumpe, las patas traseras de la silla se recuestan bruscamente. Guardias armados, presos ilusionados, todos corren por todos lados. Lanza su colilla y se despide. Guarda su libreta junto con su grabadora en el maletín, cuando siente que el cuello de su camisa se estrecha y dos monos azules con placa en la solapa de la chaqueta lo arrastran hacia la oscuridad. Sus protestas inútiles no evitan que sea confundido con uno de los cientos de presos que corren por los pasillos. Él reclama ser periodista y exige su libertad. Termina en ese espacio reducido, el mismo que hacía unos minutos describía para su historia, ahora desde dentro y junto a su maletín. Grita sin cesar, lágrimas de impotencia, piensa en su familia. Sus sueños pierden perspectiva, la ansiedad se apodera de él. Las horas pasan lentamente y lo que hacia un momento era agobio ahora se convierte en miedo. Encerrado y sin futuro se arrepiente de su pasado. La situación ya está bajo control, nadie corre ya. Un estruendo metálico lo sorprende, su puerta se abre. Camina por Broadway, ahora iluminada tan solo por la luz de la luna llena. Escoltado como un criminal cruza el atajo y llega a la puerta de salida, el barco lo aleja de la isla Alcatraz. Aturdido, exhausto y asustado llega a un motel. Hacía años que no visitaba el Tenderloin. Empuja la frágil puerta y está de regreso atrapado en su prisión cotidiana. Abre su maletín, caen unos apuntes que no reconoce, una grabadora sucia que nunca antes había usado, una edición de ayer del San Francisco Chronicle y un traje gris gastado con las siglas AZ586 grabadas en el bolsillo izquierdo de la camisa. Su plan ha funcionado. Su entrevistado y compañero de celda intentará seguir sus pasos tan pronto compre su maletín clandestino en el mercado negro de la cárcel y consiga a alguien a quien entrevistar.

A Jim Quillen.

Por Joaquín Duro

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