Archivo mensual: noviembre 2007

En las Alturas

Me dispongo a escribir. El crujido de mis metacarpianos me dice que mis dedos están listos para comenzar el baile con las teclas. La presión no podría ser mayor, en cinco horas llego a San Francisco y necesito haber terminado el último cuento para completar la serie de doce que me ha exigido la editorial. Tras horas de inspiración, donde nada llega a mi cabeza pienso en las sabias palabras de Umberto Eco: “La literatura se crea con un veinte por ciento de inspiración y un ochenta por ciento de transpiración”. Me llega una idea y no demoro en desarrollarla:
En la cabaña del bosque de Antequera las noches eran tristes, de suaves atardeceres que se distinguían por el olor húmedo del ambiente. Ese viento que llegaba del sur, el que avisaba de las lluvias de septiembre, qué raro que hubiera llegado ya, a finales de Julio.Un rayo de luz deslumbra mi pantalla. Mis manos no se han movido del teclado, ¿qué ha pasado? ¡Ah! Mi compañero de altura ha abierto la ventana curioso del paisaje. Pienso: la luz afecta a varias personas pero la decisión la toma una sola. ¿Alguien suele preguntar a su alrededor antes de subir la tabla de plástico que deja entrar el sol más reluciente y agudo que se nos clava en los ojos como horquillas? Claro, el sol molesta tanto porque estamos más cerca de él, volamos bien alto.
Se aproximaron a la puerta. La última vez que alguien llegó a esas profundidades del bosque fue para pedir ayuda. Una apuesta era el motivo, la poesía el camino a ganarla. Los dos nobles más poderosos de la zona se habían apostado, tras una larga noche de vino y puerco, dos mil cabezas de ganado y quinientos de sus mejores hombres de guerra al que consiguiera recitar la mejor poesía jamás escrita.

Pierdo de vista mis palabras, el fondo blanco de mi cuartilla se transforma en un gris azulado mientras el respaldo del asiento de pasajero de enfrente se acerca a mis narices. Encojo la barriga, acerco el teclado a ella y puedo orientar mi pantalla hasta recobrar la nitidez suficiente para seguir escribiendo. Me hizo pensar que aunque me molestó la acción de mi vecino preferiría que los asientos se pudieran reclinar más. Hoy no, hoy tengo que escribir, pero al regreso me gustaría dormir. Aunque es imposible hacerlo, el retrasado que diseñó los asientos lo hizo con la intención y complicidad de masajistas y quiroprácticos. El ángulo de inclinación consigue que el cuello te quede o muy encorvado hacia atrás o si intentas colocarlo en una posición sana, poco a poco la cabeza se va moviendo hacia delante hasta que de un movimiento brusco la levantas cuando estás a punto de tocar barbilla con pecho y por supuesto despertando de ese principio de sueño. Continúo escribiendo:
La puerta se abrió y un soldado alto, barbudo y de olor a carne rancia alargó su mano entregando un rollo de papel blanco que lucía el magnífico sello del Noble de Antequera. ¡No, otra apuesta no! El terrateniente exigía un cuento para su hija, que ese mismo día cumplía ocho años. ¡Tiene usted dos horas! Con voz ronca y de acento extranjero. La puerta se cerró. Disculpe, ¿puedo pasar? necesito ir al baño. Este estúpido, el mismo que no quiso cambiar asiento con mi esposa, ¿es que él no sabe que la necesito para escribir? Es mi musa. Ahora cuando estoy en ese un por ciento de inspiración, ahora se le ocurre ir al baño. No es fácil maniobrar. Intento abrazar mi ordenador, replegar la bandeja, juntar las rodillas y moverlas hacia un lado, contorsionado mi cuerpo para no tener que levantarme. Pasa su primera pierna y el bulto de su cartera en el bolsillo izquierdo de atrás golpea mi nariz. Pasa su pierna derecha y su pié aterriza en mi dedo meñique. Eso me pasa porque no puedo volar con los zapatos puestos.
La pluma que su abuelo había comprado en Constantinopla se bañó de tinta negra. La firma fue lo primero que mojó el papel mientras el tiempo pasaba y llegaba alguna idea que complaciera a la hija del noble. ¿Qué le podrá interesar a una niña de ocho años? Comenzó a llover, los pájaros ya no cantaban y el fuego fue avivado con un trozo de leña que duraría al menos las dos horas de escritura. No había ideas.

¡Regresé, disculpe! Ahora no me pasará lo mismo. Espere que me levante que tengo el dedo meñique dormido del dolor. Ahora yo tengo ganas de ir al baño. Me aguantaré, no hay tiempo que perder, en cualquier momento el fuselaje se inclina hacia delante y eso significa que en minutos estaremos en San Francisco.
No había ideas, la tinta dejó una mancha negra en medio del papel. El fuego ardía simpático, anulando el rayo de frío que entraba por debajo de la puerta. El soldado abrió la ventana de un golpe y gruñó que estaba helado y que quería marcharse con el cuento. Pero el papel solo tenía una firma.¿Quiere comprar un sándwich? No, no tengo hambre joder. Siete personas a mi alrededor me miran con cara de asco, ¿qué? les digo. ¿Es que no se han dado cuenta que estamos descendiendo y no tengo cuento?
La ventana se cerró, el sudor ahora frío cayó por un lado de la frente y se unió a la gota de tinta en el papel vacío. El corazón acelerado, el pie derecho golpeando el suelo impaciente, falto de ideas, bebió un trago del vino que recibió en Normandía.

¡Disculpe, tengo que ir al baño otra vez! No hay baño ni hostias, se queda ahí hasta que yo termine.
La ventana se abrió de nuevo, el mastodonte aseguró que se marchaba en cinco minutos, con cuento o sin cuento. La pluma comenzó a deslizarse por el rico papel:
El avión iba repleto camino a San Francisco. El crujido de sus metacarpianos daban señal que sus dedos estaban listos para comenzar el baile con las teclas. La presión no podría ser mayor, en cinco horas llegaba a San Francisco y necesitaba terminar el último cuento para completar la serie de doce que le había exigido la editorial.
Por Joaquín Duro

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El Triciclo

Marcos baja las escaleras, antes de llegar al rellano puede ver el triciclo aparcado en el salón de su casa. Es rojo, de ruedas de goma negra, el manillar ligeramente oxidado y manguitos negros con unos flecos que cuelgan casi hasta tocar el suelo. Es su tercer triciclo, aunque los dos anteriores los había ignorado y ahora descansan olvidados en la terraza, éste es especial. Había pertenecido a su primo hasta la presente Navidad y como ya las rodillas le pegan con el manillar, Marcos lo ha heredado.Se abre la puerta y Marcos empuja su triciclo con dificultad, primero para subir el escalón de la entrada y después para bajar los dos del portal. Endereza tímidamente el manillar, mueve su culo hacia la izquierda, luego a la derecha y otra vez a la izquierda buscando la comodidad necesaria. Pone los pies en los pedales, aprieta los dientes, levanta ligeramente su trasero y las ruedas comienzan a girar. En sentido contrario al tráfico pedalea cuesta abajo sin un rumbo estudiado. Deja atrás la panadería de la Flor, el olor a empanada gallega de atún le recuerda que no ha merendado, piensa que de regreso parará a comprar un trozo. A la izquierda, Juan Díaz, el fotógrafo, lo saluda. Recuerda las largas horas que pasaron su padre y su tío en la tienda hablando de la boda del sábado anterior. En la puerta de al lado el olor a papel e imprenta le dice que está pasando por la papelería de los maricones. El santuario de su papá, el Marca, el AS, la colección de El Mundo de la Aviación fueron algunas de las tantas cosa que ahí compró. Joaquín lo sigue 20 metros entre ladridos y babas. El dueño de la ferretería le silba y el perro regresa a la que había sido su casa por los últimos 15 años. Sin mucho esfuerzo y todavía cuesta abajo lee el cartel de Cerrado los lunes en la persiana verde de uno de los bares del barrio.

Dos locales más abajo la tienda Todo a Cien y cuatro puertas en la misma acera la autoescuela del cartel amarillo donde papá pasó tantas horas estudiando para sacar su carné de conducir. Marcos sigue de largo, las ganas no le faltan para parar en la papelería y comprar un bollicao o las mariquitas de chocolate. Unos jóvenes juegan fútbol en el patio del Magdalena Sofía golpeando la pared de la parroquia donde su tío Alfonso hizo la primera comunión. El padre Manolo maldice los pelotazos de los niños. Marcos sonríe, es feliz, siente el viento en su cara, levanta los brazos de felicidad y grita. Los coches le pitan, pues al soltar el manillar el triciclo se acercó demasiado a un Ford Fiesta rojo que subía la cuesta con los cristales bajados y Arquitecto de Sueños a todo dar. La calle de dos carriles escasos, de un solo sentido, ahora se ensancha. Decide seguir en ésta, no le gusta ir por la acera porque tiene que esquivar las mierdas de los perros, y son muchas. Ya llega a la Plaza Barcelona, a la izquierda el campo de fútbol, está viejo pero el olor a hierba fresca todavía perdura, la misma que sintió su padre hace justo 20 años.Más abajo la Plaza Madrid, eso le alegra porque de unos años atrás la hicieron peatonal y ahora podrá dar vueltas con su triciclo sin miedo a ser atropellado. El banco donde los tres gitanos le robaron el reloj a su papá ya no está.Cruza la calle, la puerta vieja de la academia Minerva es la misma, ahí su padre aprendió a escribir a máquina. Ya no hay cuesta, la calle se endereza. Marcos tiene que hacer más fuerza para mover su triciclo, le pedirá a papá que le de aire a las ruedas, están un poco flojas. A la derecha la Iglesia San Sebastián. En la misma acera la tienda donde compró la primera cámara su papá, una Minolta X300s, esa que a veces saca del armario para enseñársela pero que no le deja tocar, diciéndole, cuando cumplas los tres años le ponemos un carrete y hacemos unas fotos. Llega a las avenidas, ahora son 4 los carriles aunque sigue en sentido contrario.Cruza La Riera seca, los institutos a mano izquierda, la tienda de Atari a la derecha. Llega a General Riera, tantos recuerdos para su padre, sigue pedaleando. Gira a la izquierda en la esquina del manicomio, ahora sube a la acera, es amplia y sin mierdas de perro. El descampado donde papá practicó tiro con Arco, el polideportivo, la rotonda y el cementerio por donde su bisabuela atajaba para ir a Prica. Comienza a subir el puente, las luces y música de la feria lo entretienen, le hacen olvidar lo difícil que es subir la larga cuesta en triciclo. Ahora suda, resopla a ritmo aunque ya está cerca de casa. Llega por fin a los dos escalones de su portal, se gira y le pide a su padre con su cortada lengua que quiere más. Éste parece salir de un sueño, mira a Marcos y le dice que mañana darán otra vuelta a la piscina del complejo, ahora hay que darte de cenar, bañarte y a dormir.

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AZ586

La luz fría es escasa pero suficiente para descifrar sus preguntas en el papel. Los barrotes están helados, los siente en sus antebrazos como dos cuchillas oxidadas. En una mano una grabadora sucia, en la otra un cigarro consumido. Un maletín viejo de piel marrón descansa junto a la silla incómoda que se balancea sobre sus patas delanteras. Una gota de sudor se desprende por su patilla izquierda cara abajo. Los nervios no le permiten concentrarse, lee sus preguntas una y otra vez. No sabe por donde comenzar, de momento enfila su pluma y toma sus primeras notas. Del otro lado una cara triste, sin esperanza, que se pierde en la oscuridad de la celda. Una cama infiel, sobre ella descansa una manta gris con olor a muerte. Un espacio reducido, un pensamiento sin alas, un inodoro con la tapa rota y una gota tras otra golpean incesantes el ridículo lavamanos. El rollo de papel a medias, el vaso de metal macizo repleto de colillas. Su entrevistado responde sin dudar, aunque con miedo. Las preguntas se deslizan ahora y retumban en el escaso espacio. De repente el sonido de una sirena los interrumpe, las patas traseras de la silla se recuestan bruscamente. Guardias armados, presos ilusionados, todos corren por todos lados. Lanza su colilla y se despide. Guarda su libreta junto con su grabadora en el maletín, cuando siente que el cuello de su camisa se estrecha y dos monos azules con placa en la solapa de la chaqueta lo arrastran hacia la oscuridad. Sus protestas inútiles no evitan que sea confundido con uno de los cientos de presos que corren por los pasillos. Él reclama ser periodista y exige su libertad. Termina en ese espacio reducido, el mismo que hacía unos minutos describía para su historia, ahora desde dentro y junto a su maletín. Grita sin cesar, lágrimas de impotencia, piensa en su familia. Sus sueños pierden perspectiva, la ansiedad se apodera de él. Las horas pasan lentamente y lo que hacia un momento era agobio ahora se convierte en miedo. Encerrado y sin futuro se arrepiente de su pasado. La situación ya está bajo control, nadie corre ya. Un estruendo metálico lo sorprende, su puerta se abre. Camina por Broadway, ahora iluminada tan solo por la luz de la luna llena. Escoltado como un criminal cruza el atajo y llega a la puerta de salida, el barco lo aleja de la isla Alcatraz. Aturdido, exhausto y asustado llega a un motel. Hacía años que no visitaba el Tenderloin. Empuja la frágil puerta y está de regreso atrapado en su prisión cotidiana. Abre su maletín, caen unos apuntes que no reconoce, una grabadora sucia que nunca antes había usado, una edición de ayer del San Francisco Chronicle y un traje gris gastado con las siglas AZ586 grabadas en el bolsillo izquierdo de la camisa. Su plan ha funcionado. Su entrevistado y compañero de celda intentará seguir sus pasos tan pronto compre su maletín clandestino en el mercado negro de la cárcel y consiga a alguien a quien entrevistar.

A Jim Quillen.

Por Joaquín Duro

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