Archivo mensual: noviembre 2005

El Monstruo

Terminaron las doce horas de luz y se fueron poco a poco abriendo las puertas de todas las casas de la aldea. El sol se había ocultado casi por completo. Tan solo quedaban los últimos rayos que se escurrían entre las ramas del bosque que rodeaba los caminos del pueblo. Tímidamente, con pasos cautelosos, los vecinos salían lentamente de sus casas mirando hacia su alrededor con preocupación, asegurándose que el peligro hubiera pasado. Las costumbres del pueblo eran las mismas por los últimos seiscientos años. La vida era nocturna, nadie salía de casa durante las horas de sol. Tan solo los más valientes se atrevían a salir unos minutos al medio día, cuando el sol estaba en lo más alto y golpeaba los árboles del bosque en la copa. A esa hora, decían los más ancianos, el monstruo no atacaba, pero ese espacio de tiempo era muy corto. Todos los habitantes de pueblo tenían las mismas características. Eran blancos de piel y sus ojos claros habían desarrollado la habilidad de ver en la oscuridad. Durante la noche no distinguían los colores pero sí los bultos y podían moverse por los caminos del bosque sin tropezarse con nada. Cuentan los más viejos del lugar que años atrás un joven fue diferente a los demás, con piel marrón y pelo negro. Él podía pasear a plena luz del día y el monstruo no le atacaba. Era aún más diferente que el resto del pueblo ya que carecía de la habilidad natural de sus vecinos de ver en la noche, por lo que pasaba las horas de oscuridad encerrado en casa mientras los demás hacían su vida y vagabundeaba a solas durante el día mientras el resto dormía. Su vida era solitaria y miserable. Todos hablaban de su inminente muerte a manos de la bestia. Las apuestas aumentaban día tras día al ver que pasaban las horas de sol y el chico regresaba a casa sin un rasguño. Algunos le advertían contándole la historia de los dos pastores quienes una mañana de invierno regresaban a casa con el ganado y fueron sorprendidos por el monstruo. Se habían quedado dormidos a la entrada de la cueva de la colina y el tiempo se les había echado encima. El sol ya rondaba el cielo durante veinte minutos y los rayos poco a poco iban despertando a la fiera, mientras los dos pastores corrían camino abajo dejando sus ovejas olvidadas. Los dos cargaban sus escopetas de cañón corto mientras el ruido del animal aumentaba entre la arboleda. Temblorosos decidieron parar al pie de la fuente a tomar aire y pensar como iban a burla al horrible monstruo. Ya había una hora de sol en todo el bosque y no veían por donde huirle a la muerte. Creyeron haber despistado a la fiera ya que no ya no escuchaba el ruido de las ramas en el bosque. Continuaron caminando, ya no estaban lejos de casa, pero eran conscientes del peligro que corrían todavía. Los dos avanzaban despacio y la criatura lo hacia igual entre la espesa arboleda al acecho de los pastores. Entonces uno de ellos se giró y soltó un grito que escuchó todo el pueblo. Había visto la bestia entre los árboles mirándole fijamente a los ojos. Medía más de 8 metros de altura y parecía conocer los movimientos de los dos pastores. Al girarse el otro pastor se dio cuenta que iba a ser difícil escapar, pues no había una sola criatura sino dos. Vaciaron los cañones apuntando a todas las direcciones pero las escopetas de los monstruos fueron más rápidas y los dos pastores cayeron al suelo perdiendo la Vidal instante. Tras aquel trágico día, ni siquiera los más valientes se atrevieron a salir a la calle en las horas de sol, exceptuando el joven de piel oscura. Él era diferente, había librado la muerte que muchos daban por asegurada. Fue un día de verano, regresó a casa diciendo que los monstruos eran inofensivos, pero nadie le creyó. El día que libro la muerte paseaba por el camino principal del bosque a la sexta hora de sol y escuchó al monstruo seguirlo de cerca. Lo miró con el rabo del ojo, sin girar su cabeza para no alertarlo, y en efecto, ahí estaba entre los árboles con más de seis metros de altura y con la mirada puesta en el joven. Salió corriendo camino abajo mientras la criatura lo seguía de cerca sorteando árboles, arbustos y todas las piedras del camino. ¿Cómo podría el monstruo correr tan rápido por el bosque como el joven lo hacía por el camino? Cansado de correr, el chico pasó por la puerta de un vecino y consiguió hacerse de un hacha para defenderse de la voraz fiera. Era hora de enfrentar sus miedos ya que no podía seguir corriendo hasta la puesta del sol. Se detuvo entre unos arbustos y el monstruo se detuvo enfrente de él. Sin pensarlo, el joven levantó su hacha y lanzó un golpe secó hacía la criatura pero no consiguió golpear mas que un árbol que se encontraba a un escaso metro de distancia. Le pareció extraño el movimiento de la fiera, pues a la vez que el chico levantaba su hacha, el monstruo hizo lo mismo pero sin herir al valiente joven. Éste dio un paso a la derecha y el monstruo le siguió, se movió a la izquierda y la bestia, ahora inofensiva, lo acompañó con el mismo movimiento. Las horas pasaron y el joven no paró de saltar, bailar, mover los brazos y las piernas al compás de una música que no existía, pero que el monstruo parecía también escuchar. El sol se fue escondiendo y el monstruo cada vez fue perdiendo tamaño. El último rayo de sol se apagó y el joven se despidió de la fiera hasta la mañana siguiente, donde continuaron disfrutando de su compañía en sus inseparables y solitarias vidas.Por Joaquín Duro noviembre 2005

3 comentarios

Archivado bajo Cuento, Relato